Los arqueros elfos ven, horrorizados, como el grupo de ents son devorados por las llamas. Aunque han conseguido acabar con el pequeño destacamento de armaduras sardianas, no fueron capaces de evitar los meteoros incandescentes arrojados por los hechiceros de la orden del Dragón Rojo. A la orden de Kirón, los arqueros arrojan una lluvia de flechas sobre los hechiceros, pero los soldados florentinos, disciplinados, los protegen con sus escudos, mientras el destacamento de arcabuceros dispara una vez más. Barith cae con una horrible herida en el pecho; el bello rostro de Lathiel es destrozado por una bala, y se desploma, como una muñeca grotesca, sobre la hierba seca. También caen Feadar y Gileon y Valwing y Khara y Malwe y Saedhel.
Kirón siente un dolor lacerante en el hombro izquierdo y se derrumba. Cuando se pone en pie, sólo dos de sus compañeros aún disparan flechas. Uno de ellos se acerca a su jefe y le observa la herida: afortunadamente, la bala salió por el otro lado, pero el brazo de Kirón ha sido inutilizado.
–Ragdhel, ¿regresó tu halcón?
–Sí, pero...
–¿Cuánto falta para que lleguen los centauros?
–Kirón, lo siento... Kag me dijo que fueron emboscados. Ninguno sobrevivió.
Kirón tirita al oír el gemido profundo de un ent que agoniza entre las llamas arcanas. El cuerpo de otro árbol sabio yace, carbonizado, junto a un amasijo de metales retorcidos. Los hechiceros y arcabuceros humanos continúan su avance, casi sin haber sufrido bajas. Ragdhel tensa nuevamente su arco y se prepara a disparar, pero Kirón le retiene el brazo.
–¿Qué pasa?
–Es inútil. Debemos huir y reunirnos con el resto del clan. Es mejor que vivamos y demos las noticias. Hagamos retroceder a los ents que aún vivan: no tiene sentido que todos perezcan aquí si hay otros puntos claves que defender.
El arquero elfo asiente. Ayuda a su amigo a ponerse en pie y echan a correr mientras llaman a los pocos sobrevivientes a retirarse: todavía hay un punto fortificado en pie, veinte kilómetros al este. Kag, el halcón de Ragdhel trata de avisar a los ents que retrocedan, pero sólo uno de ellos queda en pie. Lucha blandiendo el tronco ardiente de un árbol como si fuese un garrote y un escudo.
–¡Que los elfos huyan! –dice el ent– Deben avisar que los hechiceros ya están aquí... ¡El santuario no debe caer!
Kirón y su compañero huyen hacia la espesura, con el corazón destrozado. Cuando ya han dejado atrás la luz de las llamas, oyen el grito de agonía del ent, que retumba entre los árboles. Éstos agitan sus ramas, como si tiritaran al sentir la muerte de uno de sus pastores. Ragdhel llora.
–Tranquilo, hermano mío. Los vengaremos, te lo prometo. Primero daremos la voz de alarma y luego cobraremos sangre por la muerte de nuestros amados hermanos.
–¿Cómo, Kirón? ¿Cómo podemos vengarlos si son tantos? ¿Si siempre debemos retroceder cuando nos atacan?
–Debemos vengarnos tomando la vida de quien traicionó a su pueblo. Bebiendo la sangre de quien condujo el fuego y la destrucción hasta nuestro hogar.
–¿Quién? ¿Theodorus?
–No. Ylla Kalighari y sus séquito de traidores.
Una figura solitaria se escurre entre los lujosos pasillos de un castillo de mármol azul. Se mueve entre las sombras, a paso ligero, con un leve temblor en su mano. "Ella no está", piensa. "Debo aprovechar ahora o nunca volveré a tener la oportunidad".
Camina entre los guardias del palacio, invisible ante sus ojos. Se escurre hasta la cocina y esquiva a dos sirvientas que conversan animadamente. Una de ellas siente una corriente de aire y se gira para mirar por donde pasó la figura. ¿Acaso fue eso... una túnica púrpura y dorada? Parpadea: debe estar teniendo visiones. No hay nada junto a la trampilla del suelo. Se da la vuelta y continúa la conversación.
La puerta ha sido reparado, pero está sellada. Eso no es un obstáculo: la figura pronuncia unas palabras arcanas y hace un sencillo gesto con la mano. Luego cruza el muro de mármol como si se tratase de agua, y aparece ante una escala tallada en la roca, que lleva hasta una pequeña playa en el lago. ¿A qué distancia estarán del lugar exacto? ¿Veinte leguas? ¿Cincuenta? ¿Cien? No importa.
La figura desenvuelve el cántaro de bronce y lo llena con agua del lago. Luego arroja unos polvos en el agua mientras pronuncia palabras en un idioma oscuro. Mientras el agua del cántaro se agita, como si estuviese viva, el hombre acaricia un pequeño zafiro que lleva al cuello. El agua del cántaro se eleva por momentos, adquiriendo una forma extraña, humanoide, que refleja la luz de las estrellas. Cuando el hombre termina de pronunciar su encantamiento, dos pequeñas luces blancas brillan en la figura de agua, allí donde deberían estar sus ojos. Entonces pronuncia palabras en un idioma extraño, que se asemeja al gorgoteo del agua.
–¿Quién... me ha... arrancado... de mi hogar?
–Yo, Iván el Púrpura. Debes cumplir una misión para mí.
–Regrésame... a... mi hogar...
–No hasta que cumplas mi mandato. No intentes resistirte: mi fuerza de voluntad es mucho mayor que la tuya.
–Libérame...
–Silencio. Irás al fondo del lago, buscarás hacia el oeste hasta encontrar el cuerpo de una mujer. No descansarás hasta que me la hayas traído aquí.
–¿Cómo... la reconoceré?
–Llevarás esta vara –dice Iván, entregándole una nudosa vara de alerce tallada por la naturaleza–. Ella te guiará hasta esa mujer y la reconocerá de inmediato. Ahora, ¡vete!
–Sí...
La figura de agua escapa del cántaro y se arroja al lago con delicadeza, para luego desaparecer. Iván respira. ¿La traerá de vuelta antes del amanecer? Debe hacerlo. La mañana siguiente es el amanecer del equinoccio de primavera: no tendrá otra oportunidad hasta el año siguiente. Mete la mano a su bolsillo y saca un anillo hecho de tres semillas y sus brotes entrelazados. El anillo de Yin Kho es el único artefacto que conoce capaz de traer de vuelta a los muertos, un don muy raro que Hades no ve con buenos ojos. Son pocos los que hasta hoy han escapado de los dominios del señor de los muertos, y los que lo han hecho se han ganado su odio a perpetuidad.
No obstante, Iván está dispuesto a enfrentar la ira de Hades. No sería la primera vez que un dios intenta hacerle la vida imposible, piensa sonriendo. Además, esta mujer es demasiado importante. ¿Cómo se reestablecerá la dinastía sardiana si el rey no se casa con una descendiente de Vlädir?
–Debes vivir, Miarlith Bori -murmura Iván-. El futuro de Florencia depende de ello.
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martes, 6 de enero de 2009
viernes, 28 de diciembre de 2007
El último invierno de los elfos dorados: EPÍLOGO
La niebla se ha disipado. Hace ya unos minutos que el carro de Theodorus y su ejército de gárgolas desapareció en el cielo. Sobre una roca cubierta en parte por hierba y nieve, Melwasúl, el elfo verde, y Ghoreus, el guerrero enano, atienden las heridas de Orvar Korghan. "Vivirá", dice el elfo. Ghoreus, su primo, quien acaba de vencerlo en un combate singular, asiente en silencio.
El sol de fines de invierno entibia la ribera oeste del río Estigia, donde los héroes se mantienen silenciosos, sumidos en sus propias cavilaciones. Trishna, aún en brazos de su padre, se acerca a Hathol. La elfa, aún debilitada por las semanas de cautiverio y el tiempo que pasó sedada por el trono de carne, titubea al dirigirse a su amigo pirata.
—Hathol... ¿Cómo crees que estará nuestro hijo, nuestro amado Caranthir?
—Caranthir ya es un hombre, Trishna. No deberías preocuparte por él: los piratas sabrán cuidarlo.
—Quizás... quizás debiera ir al sur...
—Tranquila, hija mía —dice Numentarë, con los ojos enrojecidos—. Estás débil. Debes permitir que te cuide... Lidia estará feliz de recibirte.
La elfa respira y asiente. Es incapaz de andar sola todavía.
Mientras tanto, Kirón, el elfo verde rescatado de las mazmorras del castillo Horia, se acerca a su hermana de clan, Ylla. En su rostro hirsuto aún se lee la rabia que le provocó el que no le dejaran alzar su ethaia contra un solo humano.
—Ylla —dice Kirón—. Hablo en nombre de nuestro clan: nuestros hermanos perdonarán tu afrenta en cuanto les cuente que rescataste a un valioso guerrero y a una hermana con su hijo en brazos. Vuelve a Gallen con nosotros y ayúdanos a proteger la frontera contra este hechicero oscuro. Lucharemos por nuestro pueblo y nuestros primos, los seres del bosque, defendiendo hasta la muerte las tierras de Gaia. Nos lavaremos las manos con la sangre de los humanos.
Kirón dice la última frase con el puño cerrado, temblando de rabia. Numentarë, que oye la prédica del elfo verde sólo sacude la cabeza. Escarcha, con su morro junto a la cintura de Ylla, mira a Kirón con rostro interrogante y luego vuelve su mirada turquesa a su amiga. Ella hace un extraño gesto y mira a sus amigos. Sabe que no puede regresar a Gallen, no después de todo lo que ha vivido, de todo lo que ha descubierto.
Mientras tanto, Melwasúl, escrutando el horizonte, anuncia con voz tranquila que se aproxima una barca. El grupo levanta la vista: se trata, en efecto, de una barca de los elfos verdes, con espacio de sobra para transportar a todo el grupo a la ribera oriente, donde se erige el bosque de Gallen, aún verde, aún esperanzado de triunfar en la guerra.
El futuro se muestra incierto, nebuloso. Algunos miembros del grupo se saben despreciados por la alianza, pero no todos han optado por un camino...
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El sol de fines de invierno entibia la ribera oeste del río Estigia, donde los héroes se mantienen silenciosos, sumidos en sus propias cavilaciones. Trishna, aún en brazos de su padre, se acerca a Hathol. La elfa, aún debilitada por las semanas de cautiverio y el tiempo que pasó sedada por el trono de carne, titubea al dirigirse a su amigo pirata.
—Hathol... ¿Cómo crees que estará nuestro hijo, nuestro amado Caranthir?
—Caranthir ya es un hombre, Trishna. No deberías preocuparte por él: los piratas sabrán cuidarlo.
—Quizás... quizás debiera ir al sur...
—Tranquila, hija mía —dice Numentarë, con los ojos enrojecidos—. Estás débil. Debes permitir que te cuide... Lidia estará feliz de recibirte.
La elfa respira y asiente. Es incapaz de andar sola todavía.
Mientras tanto, Kirón, el elfo verde rescatado de las mazmorras del castillo Horia, se acerca a su hermana de clan, Ylla. En su rostro hirsuto aún se lee la rabia que le provocó el que no le dejaran alzar su ethaia contra un solo humano.
—Ylla —dice Kirón—. Hablo en nombre de nuestro clan: nuestros hermanos perdonarán tu afrenta en cuanto les cuente que rescataste a un valioso guerrero y a una hermana con su hijo en brazos. Vuelve a Gallen con nosotros y ayúdanos a proteger la frontera contra este hechicero oscuro. Lucharemos por nuestro pueblo y nuestros primos, los seres del bosque, defendiendo hasta la muerte las tierras de Gaia. Nos lavaremos las manos con la sangre de los humanos.
Kirón dice la última frase con el puño cerrado, temblando de rabia. Numentarë, que oye la prédica del elfo verde sólo sacude la cabeza. Escarcha, con su morro junto a la cintura de Ylla, mira a Kirón con rostro interrogante y luego vuelve su mirada turquesa a su amiga. Ella hace un extraño gesto y mira a sus amigos. Sabe que no puede regresar a Gallen, no después de todo lo que ha vivido, de todo lo que ha descubierto.
Mientras tanto, Melwasúl, escrutando el horizonte, anuncia con voz tranquila que se aproxima una barca. El grupo levanta la vista: se trata, en efecto, de una barca de los elfos verdes, con espacio de sobra para transportar a todo el grupo a la ribera oriente, donde se erige el bosque de Gallen, aún verde, aún esperanzado de triunfar en la guerra.
El futuro se muestra incierto, nebuloso. Algunos miembros del grupo se saben despreciados por la alianza, pero no todos han optado por un camino...
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viernes, 26 de octubre de 2007
Sesión del domingo 7 de octubre del 2007
- Mientras el grupo sigue prisionero en las mazmorras del castillo Horia, Anädheleth contacta a Denazz y Delemdroth, quienes preparan una misión de rescate.
- El grupo de rescate es liderado por Lindëalath, princesa del clan Dunadan, quien no quiere dejar a su hermano Eleion en una prisión enemiga. A ella se le suma Melwasúl, el elfo verde que cuidaba a Escarcha; Orvar Korghan, guerrero enano del clan Korghan; y el mismo Denazz, guerrero drow, quien no quiere abandonar a Anädheleth a su suerte.
- En Villa del Roble, el grupo de rescate se encuentra por casualidad con Ejöann, quien lleva varias semanas en la ciudad ocupándose de ciertos "asuntos". Denazz (quien utiliza un objeto mágico que le permite hacerse pasar por humano) reconoce al elfo vagabundo y le pide ayuda en el rescate del grupo. Ejöann acepta. Luego, el elfo realiza algunas compras en el mercado de Villa del Roble: objetos que le ayudarán en el intento de rescate.
- El grupo se pone en contacto con Adrasteia, una semielfa de la familia de Delemdroth, quien les ayudará a infiltrarse en el ejército florentino y el castillo Horia. Adrasteia, la guerrera, se disfraza de escudero adolescente, Ejöann, Lindëalath, Denazz y Orvar de soldados de elite florentinos. Melwasúl, por su parte, esperará al grupo al norte del lago Trichonis para preparar su escape.
- Luego de un viaje sin grandes sobresaltos, el grupo arriba al campamento ubicado en la ribera del lago Trichonis, junto al castillo Horia, haciéndose pasar por un grupo de generales y oficiales rezagados. El conocimiento de Adrasteia de la disciplina militar florentina, el carisma de Lindëalath y las habilidades de engaño de Ejöann se encargan del resto.
- Mientras tanto, Anädheleth, al interior del castillo, intenta recuperar el equipo de sus amigos. Conversando con Ricardo, se entera de que los objetos de sus amigos están guardados en una sala de tesoro, en el complejo central del castillo (es decir, donde ella no puede entrar).
- Por su parte, los prisioneros han hecho amistad con Kirón (guerrero elfo verde) y Megilwen, una elfa verde que carga a su bebé en brazos. Juntos han tratado de establecer un plan de escape, pero salvo por las ocasionales visitas de Ricardo que les comunica de los esfuerzos de Anädheleth por rescatarlos, nadie vislumbra alguna esperanza. Numentarë está desesperado, ya que lleva semanas sin beber ni una gota de vino y se pasa el día gritando, llorando y golpeando las paredes hasta hacer sangrar sus nudillos. Un día, finalmente, y ante las peticiones de Ghoreus, los guardias le llevan al elfo un odre con vino agrio, que bebe de un trago ante de caer al suelo.
- El grupo de rescate entra al castillo Horia con una delegación de generales florentinos, pidiendo una audiencia con Lilandrith. Luego de las presentaciones de rigor, se les permite dirigirse a sus aposentos. Allí, el grupo de rescate se contacta con Anädheleth y revelan su identidad, al tiempo que se informan con ella de la disposición del castillo para planificar el escape. Prevenidos sobre el conjuro de lealtad que pesa sobre la montaraz, el grupo de rescate informa a Anädheleth sobre lo justo y necesario para que ella cumpla su parte, pero nada más, ya que temen que Lilandrith averigüe sus planes. Por su parte, Anädheleth les informa que Theodorus arribará al castillo al día siguiente, por lo que si desean planear un escape debe realizarse esa misma noche.
- Ricardo le informa al grupo de rescate que Lilandrith posee una llave de bronce mágica con la cual puede abrir cualquier puerta del castillo, incluso el portal místico de la biblioteca, por lo que, si desean rescatar a sus amigos, deberán conseguir la llave. Y Lilandrith nunca se separa de ella. Es así como los héroes deciden robarle la llave durante la cena en su honor, que se dará la noche siguiente. Ejöann intentará sacar la llave del bolsillo de la bruja en el momento en que se den los saludos.
- Mientras tanto, Orvar y Ejöann preparan unos sacos de pólvora para hacer volar una torre y abrir la puerta de servicio del castillo, que está bloqueada. La idea es crear una distracción y al mismo tiempo abrir una vía de escape. Lindëalath utilizará un conjuro de caminar sobre el agua sobre todos para que puedan escapar caminando sobre el lago.
- Durante el día, Adrasteia vaga por el castillo, conversando con los guardias y estudiando los turnos de guardia en la torre que harán volar.
- Esa noche, los "generales florentinos" están invitados a un banquete en su honor. Durante los saludos, Ejöann utiliza sus habilidades de ladrón para apoderarse de la llave... y lo consigue. Luego, fingiendo una indisposición, sale del banquete para reunirse con Adrasteia, Ricardo, Denazz y Orvar. Su primer destino: el calabozo.
- El grupo se aprovecha de que esa noche el enmascarado no está de guardia y entra a las mazmorras. Adrasteia toma por sorpresa a uno de los guardias y lo deja en el suelo de un buen golpe de mangual, mientras Ejöann le abre la garganta a otro. En cuanto entran a las mazmorras, Orvar, Ejöann, Adrasteia y Denazz deben enfrentarse a los cuatro guardias, que dejan fuera de combate rápidamente. Luego de un buen rato tratando de deducir cómo funciona la llave, Ejöann consigue abrir las celdas y todos los héroes son liberados, al igual que Kirón y Megilwen. El siguiente destino es la sala del tesoro, donde los héroes recuperan una parte de su equipo. Los héroes se lamentan de la pérdida de algunas de sus armas y objetos (como Ghoreus, quien ha perdido el escudo de Zamira), aunque sin duda ninguna pérdida es tan importante como la de Anädheleth, a quien su madre le arrebató los pendientes de Venus. O la desaparición de las semillas de alerce mágico, que traían del Molodroth. Kirón, libre al fin, quiere acompañar a Ejöann y degollar humanos, pero el resto del grupo lo calma y le piden que se atenga al plan.
- Numentarë, acompañado por Eleion y Hathol, parte a la biblioteca con la llave de Lilandrith: intentan abrir el portal para rescatar a Trishna. Eleion tarda un buen rato en deducir el funcionamiento de la llave, mientras el nerviosismo crece en el grupo, ya que el plan debe ser ejecutado totalmente antes de que acabe la cena.
- Después de media hora de analizar la llave y el portal, probando distintas formas de usarla, Eleion finalmente consigue abrir el portal y los tres elfos lo cruzan, llegando al almenar de la torre central. Allí, bajo la cúpula de cristal rodeada de gárgolas, al centro del suelo de mármol azul tallado con bajorrelieves y runas arcanas, se alza un horripilante trono hecho de carne parduzca que late y se agita con el movimiento de una vida innatural. El trono tiene brazos con manos monstruosas y tentáculos. Sentada en el trono, inconsciente, está Trishna, la elfa plateada. Un brazo que acaba en una aguja de hueso tiene ésta clavada en el cuello de la elfa, mientras otro brazo la toma por la cintura. En el dedo anular de esta mano hay un extraño anillo que parece hecho de raíces de algún vegetal. El grupo se aproxima a la elfa, temeroso, preguntándose qué hacer. Finalmente, deciden que Numentarë y Hathol se encarguen de los brazos que aprisionan a la elfa, mientra Eleion la saque del trono lo más rápido que pueda. Numentarë desenfunda su cimitarra, Hathol su estoque y se coordinan con la mirada. De un golpe seco, el arquero arcano cercena la mano del anillo, mientras Hathol clava su estoque en el brazo de la aguja, que suelta su presa. En rápido movimiento, Eleion toma a Trishna entre sus brazos y la aleja del trono. La herida en su cuello sangra profusamente y Numentarë improvisa un vendaje utilizando ungüentos curativos y un trozo de tela limpia. Antes de salir, Numentarë arrebata el anillo de la horrorosa mano, mientras el trono se convulsiona, buscando con sus brazos y tentáculos la presa que se le ha escapado. El anillo está hecho de tres semillas enlazadas por raíces, y parece estar vivo. Aunque Trishna parece débil y sigue inconsciente, Hathol dice que vivirá. Eleion utiliza nuevamente la llave en el portal vacío que se alza en el almenar y los cuatro escapan de allí.
- Con Trishna liberada, el grupo se dirige a la torre sur, donde está la única salida no vigilada del castillo. Ejöann, acompañado por Ylla, parten a la torre de acceso y luego de degollar unos guardias ponen las bombas en un depósito de pólvora que el bribón había explorado previamente. A la hora convenida, Orvar y Ejöann hacen estallar las bombas, mientras todos escapan a la torre sur: la salida ha sido abierta y la torre de acceso sufre serios daños por la tremenda explosión.
- Aprovechando la confusión, la batahola de órdenes y el despliegue de guardias y soldados, Lindëalath, aún en la sala de banquetes, corre a la torre sur y se reúne con el grupo en la playa del castillo. Luego de los reconocimientos de rigor y un intercambio de miradas con su hermano Eleion, la sacerdotisa lanza su conjuro de caminar por las aguas. Eleion, a través del intermedio de su cuervo Nevar, llama a su pegaso y en él se lleva a Megilwen a la ribera norte del lago. Allí deja a la elfa junto a Nevar y regresa hacia la niebla para ayudar al resto del grupo.
- Gracias al conjuro de Lindëalath, los héroes corren sobre el agua hacia la niebla que rodea el castillo. Pero Ricardo cae al agua como piedra, y se habría hundido de no ser por la ayuda de Hathol y Anädheleth: Lindëalath no lanzó el conjuro sobre él. El humano es llevado por el espadachín y Denazz, y el grupo se aleja del castillo flotante amparado en la oscuridad de la noche. Sin la llave mágica que le brinda acceso a todo el castillo, Lilandrith tardará mucho en organizar un equipo de búsqueda.
- Mientras huyen caminando sobre el lago, Eleion regresa al grupo y se lleva a Ricardo a la orilla. Pronto todo el grupo llega al norte del lago y corre por los campos en dirección al punto de reunión con Melwasúl. Todavía es de noche cuando se encuentran con el elfo e Ylla se reencuentra con Escarcha, quien corre a ella con aullidos de alegría.
- Los héroes descansan y comen algunas provisiones que portaba Melwasúl, mientras esperan la barca que los llevará a la ribera oriental del Estigia. Cuando empieza a clarear, Ricardo ya ha decidido su destino: le informa al grupo que poco tiene que hacer con los elfos, y aunque ama a Anädheleth y la acompañaría si ella se lo pide, sabe que nunca será aceptado por su pueblo. Así es que, con las bendiciones del grupo, un abrazo de Anädheleth y algunas provisiones como regalo de despedida, el guerrero humano se dirige al oeste, hacia Valacchia.
- Denazz le entrega a Trishna una de sus semillas de alerce, y la elfa por fin recupera la conciencia. Está muy débil y tiene un recuerdo vago de lo que ocurrió en las últimas semanas. Numentarë y Hathol la cuidan.
- Mientras tanto, en una arboleda apartada del resto del grupo, Eleion y Lindëalath discuten. Él le agradece a su hermana por el rescate, mientras ella le dice que no se deshaga en tantos agradecimientos, que sería mal visto que una candidata al trono de Ithilgadden no rescatar a su hermano de las garras de su peor enemigo. Entonces Eleion le explica lo que han averiguado: que la emboscada a los embajadores de la alianza no fue planeada por Theodorus, sino por los elfos dorados, y que mientras el emperador y el hechicero imperial buscan acabar con las hostilidades, el Concejo sólo quiere guerra. Lindëalath se burla de su hermano por su ingenuidad al creerle al enemigo y le dice que todo es mentira, que lo único que el imperio desea es esclavizar a su pueblo. La discusión pasa a mayores mientras Eleion pronuncia sospechas de traición al interior del Concejo, pero Lindëalath lo hace callar. "Te he salvado la vida, Eleion, pero no esperes que te salvaré del juicio de los elfos dorados: has cometido demasiadas imprudencias, te has aliado con enemigos de nuestra raza y ahora acusas a nuestra gente de atentar contra sí misma... No esperes que serás bien recibido en Ithilgadden, porque no lo serás". Tras decir esas palabras, Lindëalath alza su mano y murmura unas palabras: frente a ella se materializa un pegaso con alas y cascos de fuego. Sin más preámbulos, la elfa monta en él y el pegaso se eleva, alejándose de su hermano, en dirección al este.
- El grupo sigue esperando en la ribera del río, pero cuando el sol despunta y una mañana clara y luminosa se instala, la barca aún no llega. El grupo se impacienta. Cuando sale el sol, Numentarë se asombra al ver que el anillo que se llevaron del castillo parece brotar con los primeros rayos del sol: de las semillas enlazadas brotan unas hojas verdes en forma de abanico, que buscan la luz.
- De pronto, todos sienten cómo aumenta la humedad y un banco de niebla cubre el sector. Los héroes desenfundan sus armas y se preparan para lo peor, alertas. En efecto, pronto el grupo oye el aleteo de numerosas y grandes alas, y la niebla se disipa en parte, dejando paso a un gran carro volador, arrastrado por cuatro caballos negros que caminan por el aire. El carro es escoltado por una treintena de gárgolas de piedra, que vuelan a su alrededor. Cuando el carro, de roble, plata y oro, pintado de púrpura y dorado, se posa en tierra, las gárgolas rodean el lugar, encerrando a los héroes, quienes se ven privados de toda vía de escape. El grupo forma un círculo, protegiendo a Megilwen y Trishna, listos para defenderse en caso de cualquier acción hostil.
- Las puertas del carro se abren: de un lado baja Lilandrith, con el rostro compungido y la mirada gacha. Del otro, una imponente figura vestida con una túnica púrpura y dorada, y un báculo de oro con incrustaciones de marfil. Su pelo largo y gris plata está bien peinado y tomado en una coleta. Su rostro, barbilampiño, tiene leves arrugas de edad, aparentando unos sesenta y tantos bien llevados. El hombre es atractivo y de profunda mirada verde.
-Seré breve -dice el hechicero-. No me interesa pelear con ustedes: sólo quiero que me devuelvan mi anillo.
Numentarë presiona con fuerza la empuñadura de su cimitarra.
-¿Para que sigas usándolo contra los elfos, robándoles su vida? No, gracias.
-No he matado a ningún elfo con él. Por favor, entreguémenlo.
-¿Que no has matado a nadie? -pregunta Eleion, irónico- ¿Entonces para qué utilizas ese trono de carne, en tu castillo? Vimos lo que haces con él: le robas la sangre a los elfos para volverte inmortal...
-Te equivocas, Eleion Dunadan. No necesito matar a los elfos para que me entreguen parte de su larga vida. Pero no pienso alargarme en esto, tengo muchas cosas que hacer: ordenar ejércitos, supervisar las tareas de reconstrucción... En fin, ustedes estuvieron prisioneros en mi casa, así es que dejaré pasar el asunto de los destrozos si me devuelven el anillo.
-¡No te lo entregaremos! -dice Ylla- Sabemos que lo usarás en tus planes de conquista y destrucción, que lo único que deseas es matar a los elfos.
-Te equivocas, elfa verde -dice el hechicero-. Lo único que deseo es paz entre el imperio y la alianza, pero los tozudos de tus primos, los dorados, no quieren dialogar. Después de décadas de un punto muerto en la guerra, los generales de Villa del Roble finalmente consiguieron lo que jamás consiguió el emperador con el senado: que se firmara una tregua con la alianza. Aunque eso no estaba planificado, el emperador se unió feliz a la iniciativa y envió a un hombre de su más absoluta confianza, Rogelio Falconi, para que oficiara de embajador. Las condiciones de paz del imperio eran razonables, y de seguro que los elfos verdes y los enanos las habrían aceptado. Pero los dorados lo echaron todo a perder...
-¡No puedes decir eso! -dice Ejöann- Yo estuve allí, fueron los humanos los que hechizaron a nuestros aliados y raptaron a los embajadores...
-¿Sabías acaso que Gildeonor Urthanad, el embajador de Ithilgadden, es un hechicero de poder considerable? -le responde Theodorus- No, parece que no. ¿Y que fue él quien planeó toda la emboscada, todo esto con la aprobación de los grandes del Concejo? -Theodorus tiene sus ojos clavados en Eleion, estudiando su reacción- Fueron los dorados más importantes los que planearon el atentado contra sus propios aliados. Su orgullo les impedía "humillarse" a negociar con los humanos, pero ni siquiera pestañearon con la idea de matar a miembros de su propia alianza por "una causa mayor". Desde entonces, los que sobrevivieron a la emboscada se han convertido en una espina infectada para los nobles de Ithilgadden. Afortunadamente para ellos, quedan muy pocos...
-¿Cómo pretendes que te creamos, si nosotros vimos a Gildeonor en tu castillo, prisionero y hechizado? -pregunta Ejöann.
-Porque lo atrapé después de que asesinara al embajador de Oghdammer, Barnod Oghdar. Entonces lo llevé a mi castillo y lo hechicé para interrogarlo.
-¿Y por qué no lo liberaste, por qué no hiciste pública su traición? -pregunta Eleion.
-¿Y crees que tu gente me habría creído? No, Eleion. Simplemente habrían dicho que yo hechicé a Gildeonor para que confesara todo eso. Fue una traición muy bien planificada.
Los héroes están atónitos, mirando al hechicero. ¿Será cierto todo lo que dice? ¿Podrá ser posible que la corrupción haya calado tan hondo en el corazón de los elfos dorados?
-Y ahora, por favor -sigue Theodorus-, acabemos con esto. Entréguenme el anillo y los dejaré en paz.
-¡Jamás! -dice Numentarë- Lo usarás para raptar más jóvenes elfos y alimentarte con su sangre, ¡vampiro!
-Te equivocas, Numentarë -dice el hechicero-. Ya no necesito más sangre de tu raza. Si me devuelven el anillo, nunca más necesitaré a los jóvenes elfos.
Los héroes dudan por un instante. El hechicero mira a Anädheleth.
-Tú eres Anädheleth Liandall, ¿cierto?
La montaraz asiente débilmente.
-Tu madre me dijo que te había atado a mi servidumbre con un conjuro. A mí no me gusta que me sirvan a la fuerza.
Theodorus alza su báculo, cierra los ojos y pronuncia unas palabras arcanas. Anädheleth siente un cosquilleo en todo el cuerpo y luego una especie de golpe de aire a su alrededor, como si hubiesen chocado súbitamente dos ráfagas de fuerte viento. De pronto se da cuenta de lo ocurrido: ¡el hechizo ha sido roto! La montaraz sonríe, aliviada.
-Considéralo como un acto de buena fe -dice Theodorus-. El día que me ayudes será por tu propia voluntad, no porque alguien te obligue a ello.
Lilandrith tiene la vista fija en el suelo y sus manos tiemblan visiblemente. Finalmente, y luego de un breve debate en el grupo, Numentarë se acerca al hechicero y le devuelve el anillo.
-¿Cómo podemos confiar en que dejarás en paz a los jóvenes elfos, o que no volverás tras mi hija? -pregunta Numentarë- Tu segunda al mando mató a uno de los nuestros aunque prometió que viviría.
El hechicero mira a Lilandrith, con dureza en sus ojos. Ésta sigue con los ojos clavados en un escarabajo que se desplaza por la hierba.
-¿Mató a alguien? ¿A quién?
-A mi amiga, Miarlith -dice Ylla.
-¿Qué Miarlith? -pregunta nuevamente Theodorus.
-¡Mi amiga la druidesa! -insiste Ylla, irritada- ¡Miarlith Bori!
Ante la mención del apellido, Theodorus queda petrificado. Luego mira a Lilandrith con fuego en los ojos.
-Bori... ¡¿Mataste a una Bori?!
Lilandrith está aterrada. Se aleja un paso y empieza a balbucear.
-Lo siento, mi señor, no sabía que...
-¡Claro que lo sabías! -le reprocha el hechicero con una voz atronadora- ¡Claro que lo sabías, y por eso la mataste! ¡Eres una celosa incompetente!
Theodorus alza su báculo mientras pronuncia versos arcanos. La niebla se arremolina en torno al diamante del báculo, formando espirales. Los héroes incluso parecen percibir pequeños rayos que se desprenden del báculo. Anädheleth duda un instante: su madre le ha causado tanto dolor y tantas decepciones... Pero su padre murió buscándola. Entonces, en menos de un segundo se decide: su padre no la habría dejado morir. De un salto, la montaraz se interpone entre el hechicero y la bruja.
-¡Theodorus, no!
-¡Por favor, amado mío! -gime Lilandrith, derramando lágrimas- ¡Lo único que deseaba era complacerte, entregarme por entero a ti!
Eleion, que corre a tratar de detener al hechicero es el primero en darse cuenta que cuando dice estas palabras, las lágrimas de Lilandrith tienen un destello especial, un destello armónico con el reflejo de la luz en los pendientes de Venus, que Lilandrith lleva en sus orejas. Ylla también se da cuenta, y retiene una exclamación. Theodorus, fascinado por los ojos llorosos de la bruja, hace bajar el báculo: la niebla se disipa a su alrededor y los rayos han desaparecido.
-Por favor, mi amado, déjame complacerte y explicártelo todo.
Como embobado por sus palabras, Theodorus se deja llevar de la mano por Lilandrith y ambos regresan al carro. Sin que medie otra palabra, el carro se eleva y las gárgolas le van a la zaga. La peculiar caravana desaparece en la niebla, que se desvanece como si nunca hubiese existido. El sol de la mañana entibia la ribera donde los héroes, con la mirada aún fija en dirección donde desapareció Theodorus, mantienen un silencio sepulcral. Más que ninguno de ellos, Anädheleth sabe de lo que son capaces los pendientes que trajo de las ruinas sardianas, y las terribles consecuencias que podría acarrear su uso.
- Finalmente, la barca se aproxima. El grupo rompe el silencio y los héroes discuten sobre sus próximos pasos. Ejöann debe regresar a Villa del Roble, a saldar una deuda. Ylla no se siente a gusto en el grupo, ahora que su única amiga, Miarlith, está muerta, pero tampoco se decide a reunirse con su pueblo, ahora que por fin entiende que la guerra es una gran burla, una masacre sin sentido. Numentarë quiere llevarse a Trishna a su casa en las montañas, para que se recupere, y Hathol desea acompañarles. Todos los héroes están agotados, desilusionados y confundidos. Ni siquiera Eleion es capaz de justificar a su pueblo, teniendo la duda razonable de que fueron los elfos dorados quienes sabotearon las negociaciones de paz. Y Ghoreus, quien se siente completamente decepcionado de la alianza, no está dispuesto a sacrificarse y morir por esa causa. Esto provoca una discusión con su primo Orvar.
-¿Cómo? ¿No piensas regresar al frente de batalla, a batirte por tu rey?
-No puedo -dice Ghoreus-. No después de entender que el sacrificio de mi hermano fue en vano, que los elfos dorados nos han traicionado y que toda esta guerra es una farsa.
-¡No puedes creerle a Theodorus! -dice Orvar, malhumorado- Es nuestro principal enemigo, aún más poderoso e influyente que el emperador... ¡Y además un brujo! ¡No te dejes engañar por sus mentiras teñidas con magia!
-No lo entiendes, Orvar. No puedo creer que sean mentiras... al menos no del todo, no después de todo lo que he visto. ¿Por qué el clan Wordul se ha unido a nuestro enemigo? Podrán ser exiliados, pero no por ello habrán perdido el respeto por su raza...
-Son unos traidores de la peor calaña. Sólo merecen morir.
-¿Por qué los dorados se empeñan en no dialogar con el imperio, si ni siquiera han sido ellos los que más han sufrido con la guerra? Son los elfos verdes los que se han soportado el mayor peso de la guerra en este siglo y medio, pero los elfos dorados nunca se han mostrado solidarios con el sufrimiento de sus primos. ¿Es tan difícil de creer que serían capaces de sabotear una negociación de paz?
-Theodorus quiere sembrar cizaña en la alianza, provocar una ruptura. Nuestro rey nos ha advertido muchas veces que no nos dejemos engañar por esas tretas humanas y que simplemente hagamos lo que él nos ordena. Él es un gran rey, el sabio más grande de nuestro tiempo: ¿cómo te atreves a desafiar su juicio?
-Y por último -dice Ghoreus, agotado con tantas revelaciones-, está la guerra política de Ithilgadden, el enfrentamiento entre las facciones concejalistas y aristócratas, entre los que desean que el Concejo siga rigiendo a los elfos y los que apoyan el ascenso de un monarca, probablemente de la casta de los Dunadan. Estas discusiones políticas han permitido que reine la discordia entre los mismos elfos dorados y que hayan tardado demasiado en tomar la iniciativa contra la invasión de su isla. ¿No crees que es demasiado posible que la facción aristocrática haya aprovechado las circunstancias para fortalecer la desconfianza hacia el Concejo y reforzar la convicción de que es mejor un gobierno central, autoritario, de cabeza única?
-Piensas demasiado, Ghoreus. Somos guerreros, no debemos involucrarnos en asuntos políticos, mucho menos los ajenos. Nuestro deber es vivir y morir en combate, siguiendo las sabias órdenes de nuestro rey.
-El problema, Orvar, es que temo que nuestro rey se ha equivocado al aliarse con los elfos.
Esto es mucho más de lo que Orvar está dispuesto a soportar.
-¿Cómo te atreves a cuestionar el juicio de nuestro rey?
Ghoreus quiere responder, pero sólo se encoge de hombros.
-¿Te das cuenta de que al dejar que esas palabras salgan de tu boca estás injuriando a nuestro soberano?
Ghoreus asiente.
-¿Te das cuenta de que al renunciar a tu deber te conviertes en un traidor a tu pueblo? ¿Que perderás tu apellido por eso?
-Lo sé -dice Ghoreus, con la voz levemente quebrada-. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias.
-¿Comprendes también que es mi deber como miembro del clan Korghan el detenerte, y matarte si es posible, por intentar desertar?
-Sí, Orvar, lo sé.
-Entonces prepárate, Ghoreus, que hoy has dejado de ser un Korghan.
Y tras soltar esas palabras que se clavan como dagas en el corazón de Ghoreus, Orvar empuña su hacha de guerra enana y su escudo, y se pone en posición de ataque. Con un suspiro, Ghoreus toma su hacha y se prepara para recibir el ataque. No intenta atacar primero, sino que defiende para luego devolver los golpes. Sin odio, sin prisas, sino con la triste determinación de un diestro guerrero que no desea matar a un miembro de su familia.
Orvar, en cambio, descarga su hacha con toda la habilidad y la destreza que ha adquirido durante su entrenamiento militar y las batallas que ha luchado. Sin embargo, en sólo unos segundos queda demostrado que sus habilidades guerreras son muy inferiores a las de Ghoreus, quien ha luchado contra humanos, muertos vivientes, drows, monstruos del infraoscuro e incluso un dragón de sombras. Los ataques de Orvar sólo son rasguños en la armadura del veterano, y aunque consigue derramar un poco de sangre, es Ghoreus quien acaba por imponerse. Sin vanidad, sin rabia. Sin entusiasmo siquiera, como el lobo que reduce al cachorro de la manada. Finalmente, Orvar cae, inconsciente. Ghoreus se inclina sobre él y le aplica ungüentos curativos en las heridas, cerrándoselas. Luego le pide a Melwasúl que por favor lleve a su primo al puesto de avanzada enano.
-Es un guerrero valiente, que aún tiene muchas batallas por luchar.
-No te entiendo, Ghoreus -dice el montaraz-. Primero fuiste un héroe de tu pueblo, y ahora renuncias a luchar contra tus enemigos. ¿Cómo puedes creer en tanta mentira saliendo de la boca de un humano?
Ghoreus mira al suelo, cansado de discutir.
-Pronto lo entenderán, Melwasúl. Tú y todo tu pueblo. Y cuando lo lo hagan se darán cuenta de que esta guerra no tiene nada de glorioso. Para cuando se den cuenta de ello, se habrá convertido en una simple lucha por la sobrevivencia, que nadie, ni el más poderoso de los monarcas, podrá detener. Y mucho me temo que cuando llegue ese día, el bosque de Gallen, la Forja de Hefestos y todo Ithilgadden estarán condenados a su destrucción.
Melwasúl quiere replicar, pero se calla. Hay algo en las palabras de Ghoreus que calan hondo en su corazón, un vago presentimiento de desgracia, de destino funesto que pende sobre él. Kirón es menos condescendiente, sin embargo, y mira al enano con odio.
-La próxima vez que te vea, te mato. Lo juro.
Y luego le da la espalda con insolencia, llevando de la mano a Megilwen con su bebé. La elfa verde sólo lanza una fugaz mirada al guerrero enano: una mirada de decepción, de triste reproche.
La barca ha arribado a la ribera y espera a los viajeros para conducirlos al otro lado, al campo donde se lucharán las próximas batallas. Pero sólo unos pocos la abordan, mientras muchos se quedan en el lado oeste, silenciosos y pensativos.
Sigue leyendo...
- El grupo de rescate es liderado por Lindëalath, princesa del clan Dunadan, quien no quiere dejar a su hermano Eleion en una prisión enemiga. A ella se le suma Melwasúl, el elfo verde que cuidaba a Escarcha; Orvar Korghan, guerrero enano del clan Korghan; y el mismo Denazz, guerrero drow, quien no quiere abandonar a Anädheleth a su suerte.
- En Villa del Roble, el grupo de rescate se encuentra por casualidad con Ejöann, quien lleva varias semanas en la ciudad ocupándose de ciertos "asuntos". Denazz (quien utiliza un objeto mágico que le permite hacerse pasar por humano) reconoce al elfo vagabundo y le pide ayuda en el rescate del grupo. Ejöann acepta. Luego, el elfo realiza algunas compras en el mercado de Villa del Roble: objetos que le ayudarán en el intento de rescate.
- El grupo se pone en contacto con Adrasteia, una semielfa de la familia de Delemdroth, quien les ayudará a infiltrarse en el ejército florentino y el castillo Horia. Adrasteia, la guerrera, se disfraza de escudero adolescente, Ejöann, Lindëalath, Denazz y Orvar de soldados de elite florentinos. Melwasúl, por su parte, esperará al grupo al norte del lago Trichonis para preparar su escape.
- Luego de un viaje sin grandes sobresaltos, el grupo arriba al campamento ubicado en la ribera del lago Trichonis, junto al castillo Horia, haciéndose pasar por un grupo de generales y oficiales rezagados. El conocimiento de Adrasteia de la disciplina militar florentina, el carisma de Lindëalath y las habilidades de engaño de Ejöann se encargan del resto.
- Mientras tanto, Anädheleth, al interior del castillo, intenta recuperar el equipo de sus amigos. Conversando con Ricardo, se entera de que los objetos de sus amigos están guardados en una sala de tesoro, en el complejo central del castillo (es decir, donde ella no puede entrar).
- Por su parte, los prisioneros han hecho amistad con Kirón (guerrero elfo verde) y Megilwen, una elfa verde que carga a su bebé en brazos. Juntos han tratado de establecer un plan de escape, pero salvo por las ocasionales visitas de Ricardo que les comunica de los esfuerzos de Anädheleth por rescatarlos, nadie vislumbra alguna esperanza. Numentarë está desesperado, ya que lleva semanas sin beber ni una gota de vino y se pasa el día gritando, llorando y golpeando las paredes hasta hacer sangrar sus nudillos. Un día, finalmente, y ante las peticiones de Ghoreus, los guardias le llevan al elfo un odre con vino agrio, que bebe de un trago ante de caer al suelo.
- El grupo de rescate entra al castillo Horia con una delegación de generales florentinos, pidiendo una audiencia con Lilandrith. Luego de las presentaciones de rigor, se les permite dirigirse a sus aposentos. Allí, el grupo de rescate se contacta con Anädheleth y revelan su identidad, al tiempo que se informan con ella de la disposición del castillo para planificar el escape. Prevenidos sobre el conjuro de lealtad que pesa sobre la montaraz, el grupo de rescate informa a Anädheleth sobre lo justo y necesario para que ella cumpla su parte, pero nada más, ya que temen que Lilandrith averigüe sus planes. Por su parte, Anädheleth les informa que Theodorus arribará al castillo al día siguiente, por lo que si desean planear un escape debe realizarse esa misma noche.
- Ricardo le informa al grupo de rescate que Lilandrith posee una llave de bronce mágica con la cual puede abrir cualquier puerta del castillo, incluso el portal místico de la biblioteca, por lo que, si desean rescatar a sus amigos, deberán conseguir la llave. Y Lilandrith nunca se separa de ella. Es así como los héroes deciden robarle la llave durante la cena en su honor, que se dará la noche siguiente. Ejöann intentará sacar la llave del bolsillo de la bruja en el momento en que se den los saludos.
- Mientras tanto, Orvar y Ejöann preparan unos sacos de pólvora para hacer volar una torre y abrir la puerta de servicio del castillo, que está bloqueada. La idea es crear una distracción y al mismo tiempo abrir una vía de escape. Lindëalath utilizará un conjuro de caminar sobre el agua sobre todos para que puedan escapar caminando sobre el lago.
- Durante el día, Adrasteia vaga por el castillo, conversando con los guardias y estudiando los turnos de guardia en la torre que harán volar.
- Esa noche, los "generales florentinos" están invitados a un banquete en su honor. Durante los saludos, Ejöann utiliza sus habilidades de ladrón para apoderarse de la llave... y lo consigue. Luego, fingiendo una indisposición, sale del banquete para reunirse con Adrasteia, Ricardo, Denazz y Orvar. Su primer destino: el calabozo.
- El grupo se aprovecha de que esa noche el enmascarado no está de guardia y entra a las mazmorras. Adrasteia toma por sorpresa a uno de los guardias y lo deja en el suelo de un buen golpe de mangual, mientras Ejöann le abre la garganta a otro. En cuanto entran a las mazmorras, Orvar, Ejöann, Adrasteia y Denazz deben enfrentarse a los cuatro guardias, que dejan fuera de combate rápidamente. Luego de un buen rato tratando de deducir cómo funciona la llave, Ejöann consigue abrir las celdas y todos los héroes son liberados, al igual que Kirón y Megilwen. El siguiente destino es la sala del tesoro, donde los héroes recuperan una parte de su equipo. Los héroes se lamentan de la pérdida de algunas de sus armas y objetos (como Ghoreus, quien ha perdido el escudo de Zamira), aunque sin duda ninguna pérdida es tan importante como la de Anädheleth, a quien su madre le arrebató los pendientes de Venus. O la desaparición de las semillas de alerce mágico, que traían del Molodroth. Kirón, libre al fin, quiere acompañar a Ejöann y degollar humanos, pero el resto del grupo lo calma y le piden que se atenga al plan.
- Numentarë, acompañado por Eleion y Hathol, parte a la biblioteca con la llave de Lilandrith: intentan abrir el portal para rescatar a Trishna. Eleion tarda un buen rato en deducir el funcionamiento de la llave, mientras el nerviosismo crece en el grupo, ya que el plan debe ser ejecutado totalmente antes de que acabe la cena.
- Después de media hora de analizar la llave y el portal, probando distintas formas de usarla, Eleion finalmente consigue abrir el portal y los tres elfos lo cruzan, llegando al almenar de la torre central. Allí, bajo la cúpula de cristal rodeada de gárgolas, al centro del suelo de mármol azul tallado con bajorrelieves y runas arcanas, se alza un horripilante trono hecho de carne parduzca que late y se agita con el movimiento de una vida innatural. El trono tiene brazos con manos monstruosas y tentáculos. Sentada en el trono, inconsciente, está Trishna, la elfa plateada. Un brazo que acaba en una aguja de hueso tiene ésta clavada en el cuello de la elfa, mientras otro brazo la toma por la cintura. En el dedo anular de esta mano hay un extraño anillo que parece hecho de raíces de algún vegetal. El grupo se aproxima a la elfa, temeroso, preguntándose qué hacer. Finalmente, deciden que Numentarë y Hathol se encarguen de los brazos que aprisionan a la elfa, mientra Eleion la saque del trono lo más rápido que pueda. Numentarë desenfunda su cimitarra, Hathol su estoque y se coordinan con la mirada. De un golpe seco, el arquero arcano cercena la mano del anillo, mientras Hathol clava su estoque en el brazo de la aguja, que suelta su presa. En rápido movimiento, Eleion toma a Trishna entre sus brazos y la aleja del trono. La herida en su cuello sangra profusamente y Numentarë improvisa un vendaje utilizando ungüentos curativos y un trozo de tela limpia. Antes de salir, Numentarë arrebata el anillo de la horrorosa mano, mientras el trono se convulsiona, buscando con sus brazos y tentáculos la presa que se le ha escapado. El anillo está hecho de tres semillas enlazadas por raíces, y parece estar vivo. Aunque Trishna parece débil y sigue inconsciente, Hathol dice que vivirá. Eleion utiliza nuevamente la llave en el portal vacío que se alza en el almenar y los cuatro escapan de allí.
- Con Trishna liberada, el grupo se dirige a la torre sur, donde está la única salida no vigilada del castillo. Ejöann, acompañado por Ylla, parten a la torre de acceso y luego de degollar unos guardias ponen las bombas en un depósito de pólvora que el bribón había explorado previamente. A la hora convenida, Orvar y Ejöann hacen estallar las bombas, mientras todos escapan a la torre sur: la salida ha sido abierta y la torre de acceso sufre serios daños por la tremenda explosión.
- Aprovechando la confusión, la batahola de órdenes y el despliegue de guardias y soldados, Lindëalath, aún en la sala de banquetes, corre a la torre sur y se reúne con el grupo en la playa del castillo. Luego de los reconocimientos de rigor y un intercambio de miradas con su hermano Eleion, la sacerdotisa lanza su conjuro de caminar por las aguas. Eleion, a través del intermedio de su cuervo Nevar, llama a su pegaso y en él se lleva a Megilwen a la ribera norte del lago. Allí deja a la elfa junto a Nevar y regresa hacia la niebla para ayudar al resto del grupo.
- Gracias al conjuro de Lindëalath, los héroes corren sobre el agua hacia la niebla que rodea el castillo. Pero Ricardo cae al agua como piedra, y se habría hundido de no ser por la ayuda de Hathol y Anädheleth: Lindëalath no lanzó el conjuro sobre él. El humano es llevado por el espadachín y Denazz, y el grupo se aleja del castillo flotante amparado en la oscuridad de la noche. Sin la llave mágica que le brinda acceso a todo el castillo, Lilandrith tardará mucho en organizar un equipo de búsqueda.
- Mientras huyen caminando sobre el lago, Eleion regresa al grupo y se lleva a Ricardo a la orilla. Pronto todo el grupo llega al norte del lago y corre por los campos en dirección al punto de reunión con Melwasúl. Todavía es de noche cuando se encuentran con el elfo e Ylla se reencuentra con Escarcha, quien corre a ella con aullidos de alegría.
- Los héroes descansan y comen algunas provisiones que portaba Melwasúl, mientras esperan la barca que los llevará a la ribera oriental del Estigia. Cuando empieza a clarear, Ricardo ya ha decidido su destino: le informa al grupo que poco tiene que hacer con los elfos, y aunque ama a Anädheleth y la acompañaría si ella se lo pide, sabe que nunca será aceptado por su pueblo. Así es que, con las bendiciones del grupo, un abrazo de Anädheleth y algunas provisiones como regalo de despedida, el guerrero humano se dirige al oeste, hacia Valacchia.
- Denazz le entrega a Trishna una de sus semillas de alerce, y la elfa por fin recupera la conciencia. Está muy débil y tiene un recuerdo vago de lo que ocurrió en las últimas semanas. Numentarë y Hathol la cuidan.
- Mientras tanto, en una arboleda apartada del resto del grupo, Eleion y Lindëalath discuten. Él le agradece a su hermana por el rescate, mientras ella le dice que no se deshaga en tantos agradecimientos, que sería mal visto que una candidata al trono de Ithilgadden no rescatar a su hermano de las garras de su peor enemigo. Entonces Eleion le explica lo que han averiguado: que la emboscada a los embajadores de la alianza no fue planeada por Theodorus, sino por los elfos dorados, y que mientras el emperador y el hechicero imperial buscan acabar con las hostilidades, el Concejo sólo quiere guerra. Lindëalath se burla de su hermano por su ingenuidad al creerle al enemigo y le dice que todo es mentira, que lo único que el imperio desea es esclavizar a su pueblo. La discusión pasa a mayores mientras Eleion pronuncia sospechas de traición al interior del Concejo, pero Lindëalath lo hace callar. "Te he salvado la vida, Eleion, pero no esperes que te salvaré del juicio de los elfos dorados: has cometido demasiadas imprudencias, te has aliado con enemigos de nuestra raza y ahora acusas a nuestra gente de atentar contra sí misma... No esperes que serás bien recibido en Ithilgadden, porque no lo serás". Tras decir esas palabras, Lindëalath alza su mano y murmura unas palabras: frente a ella se materializa un pegaso con alas y cascos de fuego. Sin más preámbulos, la elfa monta en él y el pegaso se eleva, alejándose de su hermano, en dirección al este.
- El grupo sigue esperando en la ribera del río, pero cuando el sol despunta y una mañana clara y luminosa se instala, la barca aún no llega. El grupo se impacienta. Cuando sale el sol, Numentarë se asombra al ver que el anillo que se llevaron del castillo parece brotar con los primeros rayos del sol: de las semillas enlazadas brotan unas hojas verdes en forma de abanico, que buscan la luz.
- De pronto, todos sienten cómo aumenta la humedad y un banco de niebla cubre el sector. Los héroes desenfundan sus armas y se preparan para lo peor, alertas. En efecto, pronto el grupo oye el aleteo de numerosas y grandes alas, y la niebla se disipa en parte, dejando paso a un gran carro volador, arrastrado por cuatro caballos negros que caminan por el aire. El carro es escoltado por una treintena de gárgolas de piedra, que vuelan a su alrededor. Cuando el carro, de roble, plata y oro, pintado de púrpura y dorado, se posa en tierra, las gárgolas rodean el lugar, encerrando a los héroes, quienes se ven privados de toda vía de escape. El grupo forma un círculo, protegiendo a Megilwen y Trishna, listos para defenderse en caso de cualquier acción hostil.
- Las puertas del carro se abren: de un lado baja Lilandrith, con el rostro compungido y la mirada gacha. Del otro, una imponente figura vestida con una túnica púrpura y dorada, y un báculo de oro con incrustaciones de marfil. Su pelo largo y gris plata está bien peinado y tomado en una coleta. Su rostro, barbilampiño, tiene leves arrugas de edad, aparentando unos sesenta y tantos bien llevados. El hombre es atractivo y de profunda mirada verde.
-Seré breve -dice el hechicero-. No me interesa pelear con ustedes: sólo quiero que me devuelvan mi anillo.
Numentarë presiona con fuerza la empuñadura de su cimitarra.
-¿Para que sigas usándolo contra los elfos, robándoles su vida? No, gracias.
-No he matado a ningún elfo con él. Por favor, entreguémenlo.
-¿Que no has matado a nadie? -pregunta Eleion, irónico- ¿Entonces para qué utilizas ese trono de carne, en tu castillo? Vimos lo que haces con él: le robas la sangre a los elfos para volverte inmortal...
-Te equivocas, Eleion Dunadan. No necesito matar a los elfos para que me entreguen parte de su larga vida. Pero no pienso alargarme en esto, tengo muchas cosas que hacer: ordenar ejércitos, supervisar las tareas de reconstrucción... En fin, ustedes estuvieron prisioneros en mi casa, así es que dejaré pasar el asunto de los destrozos si me devuelven el anillo.
-¡No te lo entregaremos! -dice Ylla- Sabemos que lo usarás en tus planes de conquista y destrucción, que lo único que deseas es matar a los elfos.
-Te equivocas, elfa verde -dice el hechicero-. Lo único que deseo es paz entre el imperio y la alianza, pero los tozudos de tus primos, los dorados, no quieren dialogar. Después de décadas de un punto muerto en la guerra, los generales de Villa del Roble finalmente consiguieron lo que jamás consiguió el emperador con el senado: que se firmara una tregua con la alianza. Aunque eso no estaba planificado, el emperador se unió feliz a la iniciativa y envió a un hombre de su más absoluta confianza, Rogelio Falconi, para que oficiara de embajador. Las condiciones de paz del imperio eran razonables, y de seguro que los elfos verdes y los enanos las habrían aceptado. Pero los dorados lo echaron todo a perder...
-¡No puedes decir eso! -dice Ejöann- Yo estuve allí, fueron los humanos los que hechizaron a nuestros aliados y raptaron a los embajadores...
-¿Sabías acaso que Gildeonor Urthanad, el embajador de Ithilgadden, es un hechicero de poder considerable? -le responde Theodorus- No, parece que no. ¿Y que fue él quien planeó toda la emboscada, todo esto con la aprobación de los grandes del Concejo? -Theodorus tiene sus ojos clavados en Eleion, estudiando su reacción- Fueron los dorados más importantes los que planearon el atentado contra sus propios aliados. Su orgullo les impedía "humillarse" a negociar con los humanos, pero ni siquiera pestañearon con la idea de matar a miembros de su propia alianza por "una causa mayor". Desde entonces, los que sobrevivieron a la emboscada se han convertido en una espina infectada para los nobles de Ithilgadden. Afortunadamente para ellos, quedan muy pocos...
-¿Cómo pretendes que te creamos, si nosotros vimos a Gildeonor en tu castillo, prisionero y hechizado? -pregunta Ejöann.
-Porque lo atrapé después de que asesinara al embajador de Oghdammer, Barnod Oghdar. Entonces lo llevé a mi castillo y lo hechicé para interrogarlo.
-¿Y por qué no lo liberaste, por qué no hiciste pública su traición? -pregunta Eleion.
-¿Y crees que tu gente me habría creído? No, Eleion. Simplemente habrían dicho que yo hechicé a Gildeonor para que confesara todo eso. Fue una traición muy bien planificada.
Los héroes están atónitos, mirando al hechicero. ¿Será cierto todo lo que dice? ¿Podrá ser posible que la corrupción haya calado tan hondo en el corazón de los elfos dorados?
-Y ahora, por favor -sigue Theodorus-, acabemos con esto. Entréguenme el anillo y los dejaré en paz.
-¡Jamás! -dice Numentarë- Lo usarás para raptar más jóvenes elfos y alimentarte con su sangre, ¡vampiro!
-Te equivocas, Numentarë -dice el hechicero-. Ya no necesito más sangre de tu raza. Si me devuelven el anillo, nunca más necesitaré a los jóvenes elfos.
Los héroes dudan por un instante. El hechicero mira a Anädheleth.
-Tú eres Anädheleth Liandall, ¿cierto?
La montaraz asiente débilmente.
-Tu madre me dijo que te había atado a mi servidumbre con un conjuro. A mí no me gusta que me sirvan a la fuerza.
Theodorus alza su báculo, cierra los ojos y pronuncia unas palabras arcanas. Anädheleth siente un cosquilleo en todo el cuerpo y luego una especie de golpe de aire a su alrededor, como si hubiesen chocado súbitamente dos ráfagas de fuerte viento. De pronto se da cuenta de lo ocurrido: ¡el hechizo ha sido roto! La montaraz sonríe, aliviada.
-Considéralo como un acto de buena fe -dice Theodorus-. El día que me ayudes será por tu propia voluntad, no porque alguien te obligue a ello.
Lilandrith tiene la vista fija en el suelo y sus manos tiemblan visiblemente. Finalmente, y luego de un breve debate en el grupo, Numentarë se acerca al hechicero y le devuelve el anillo.
-¿Cómo podemos confiar en que dejarás en paz a los jóvenes elfos, o que no volverás tras mi hija? -pregunta Numentarë- Tu segunda al mando mató a uno de los nuestros aunque prometió que viviría.
El hechicero mira a Lilandrith, con dureza en sus ojos. Ésta sigue con los ojos clavados en un escarabajo que se desplaza por la hierba.
-¿Mató a alguien? ¿A quién?
-A mi amiga, Miarlith -dice Ylla.
-¿Qué Miarlith? -pregunta nuevamente Theodorus.
-¡Mi amiga la druidesa! -insiste Ylla, irritada- ¡Miarlith Bori!
Ante la mención del apellido, Theodorus queda petrificado. Luego mira a Lilandrith con fuego en los ojos.
-Bori... ¡¿Mataste a una Bori?!
Lilandrith está aterrada. Se aleja un paso y empieza a balbucear.
-Lo siento, mi señor, no sabía que...
-¡Claro que lo sabías! -le reprocha el hechicero con una voz atronadora- ¡Claro que lo sabías, y por eso la mataste! ¡Eres una celosa incompetente!
Theodorus alza su báculo mientras pronuncia versos arcanos. La niebla se arremolina en torno al diamante del báculo, formando espirales. Los héroes incluso parecen percibir pequeños rayos que se desprenden del báculo. Anädheleth duda un instante: su madre le ha causado tanto dolor y tantas decepciones... Pero su padre murió buscándola. Entonces, en menos de un segundo se decide: su padre no la habría dejado morir. De un salto, la montaraz se interpone entre el hechicero y la bruja.
-¡Theodorus, no!
-¡Por favor, amado mío! -gime Lilandrith, derramando lágrimas- ¡Lo único que deseaba era complacerte, entregarme por entero a ti!
Eleion, que corre a tratar de detener al hechicero es el primero en darse cuenta que cuando dice estas palabras, las lágrimas de Lilandrith tienen un destello especial, un destello armónico con el reflejo de la luz en los pendientes de Venus, que Lilandrith lleva en sus orejas. Ylla también se da cuenta, y retiene una exclamación. Theodorus, fascinado por los ojos llorosos de la bruja, hace bajar el báculo: la niebla se disipa a su alrededor y los rayos han desaparecido.
-Por favor, mi amado, déjame complacerte y explicártelo todo.
Como embobado por sus palabras, Theodorus se deja llevar de la mano por Lilandrith y ambos regresan al carro. Sin que medie otra palabra, el carro se eleva y las gárgolas le van a la zaga. La peculiar caravana desaparece en la niebla, que se desvanece como si nunca hubiese existido. El sol de la mañana entibia la ribera donde los héroes, con la mirada aún fija en dirección donde desapareció Theodorus, mantienen un silencio sepulcral. Más que ninguno de ellos, Anädheleth sabe de lo que son capaces los pendientes que trajo de las ruinas sardianas, y las terribles consecuencias que podría acarrear su uso.
- Finalmente, la barca se aproxima. El grupo rompe el silencio y los héroes discuten sobre sus próximos pasos. Ejöann debe regresar a Villa del Roble, a saldar una deuda. Ylla no se siente a gusto en el grupo, ahora que su única amiga, Miarlith, está muerta, pero tampoco se decide a reunirse con su pueblo, ahora que por fin entiende que la guerra es una gran burla, una masacre sin sentido. Numentarë quiere llevarse a Trishna a su casa en las montañas, para que se recupere, y Hathol desea acompañarles. Todos los héroes están agotados, desilusionados y confundidos. Ni siquiera Eleion es capaz de justificar a su pueblo, teniendo la duda razonable de que fueron los elfos dorados quienes sabotearon las negociaciones de paz. Y Ghoreus, quien se siente completamente decepcionado de la alianza, no está dispuesto a sacrificarse y morir por esa causa. Esto provoca una discusión con su primo Orvar.
-¿Cómo? ¿No piensas regresar al frente de batalla, a batirte por tu rey?
-No puedo -dice Ghoreus-. No después de entender que el sacrificio de mi hermano fue en vano, que los elfos dorados nos han traicionado y que toda esta guerra es una farsa.
-¡No puedes creerle a Theodorus! -dice Orvar, malhumorado- Es nuestro principal enemigo, aún más poderoso e influyente que el emperador... ¡Y además un brujo! ¡No te dejes engañar por sus mentiras teñidas con magia!
-No lo entiendes, Orvar. No puedo creer que sean mentiras... al menos no del todo, no después de todo lo que he visto. ¿Por qué el clan Wordul se ha unido a nuestro enemigo? Podrán ser exiliados, pero no por ello habrán perdido el respeto por su raza...
-Son unos traidores de la peor calaña. Sólo merecen morir.
-¿Por qué los dorados se empeñan en no dialogar con el imperio, si ni siquiera han sido ellos los que más han sufrido con la guerra? Son los elfos verdes los que se han soportado el mayor peso de la guerra en este siglo y medio, pero los elfos dorados nunca se han mostrado solidarios con el sufrimiento de sus primos. ¿Es tan difícil de creer que serían capaces de sabotear una negociación de paz?
-Theodorus quiere sembrar cizaña en la alianza, provocar una ruptura. Nuestro rey nos ha advertido muchas veces que no nos dejemos engañar por esas tretas humanas y que simplemente hagamos lo que él nos ordena. Él es un gran rey, el sabio más grande de nuestro tiempo: ¿cómo te atreves a desafiar su juicio?
-Y por último -dice Ghoreus, agotado con tantas revelaciones-, está la guerra política de Ithilgadden, el enfrentamiento entre las facciones concejalistas y aristócratas, entre los que desean que el Concejo siga rigiendo a los elfos y los que apoyan el ascenso de un monarca, probablemente de la casta de los Dunadan. Estas discusiones políticas han permitido que reine la discordia entre los mismos elfos dorados y que hayan tardado demasiado en tomar la iniciativa contra la invasión de su isla. ¿No crees que es demasiado posible que la facción aristocrática haya aprovechado las circunstancias para fortalecer la desconfianza hacia el Concejo y reforzar la convicción de que es mejor un gobierno central, autoritario, de cabeza única?
-Piensas demasiado, Ghoreus. Somos guerreros, no debemos involucrarnos en asuntos políticos, mucho menos los ajenos. Nuestro deber es vivir y morir en combate, siguiendo las sabias órdenes de nuestro rey.
-El problema, Orvar, es que temo que nuestro rey se ha equivocado al aliarse con los elfos.
Esto es mucho más de lo que Orvar está dispuesto a soportar.
-¿Cómo te atreves a cuestionar el juicio de nuestro rey?
Ghoreus quiere responder, pero sólo se encoge de hombros.
-¿Te das cuenta de que al dejar que esas palabras salgan de tu boca estás injuriando a nuestro soberano?
Ghoreus asiente.
-¿Te das cuenta de que al renunciar a tu deber te conviertes en un traidor a tu pueblo? ¿Que perderás tu apellido por eso?
-Lo sé -dice Ghoreus, con la voz levemente quebrada-. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias.
-¿Comprendes también que es mi deber como miembro del clan Korghan el detenerte, y matarte si es posible, por intentar desertar?
-Sí, Orvar, lo sé.
-Entonces prepárate, Ghoreus, que hoy has dejado de ser un Korghan.
Y tras soltar esas palabras que se clavan como dagas en el corazón de Ghoreus, Orvar empuña su hacha de guerra enana y su escudo, y se pone en posición de ataque. Con un suspiro, Ghoreus toma su hacha y se prepara para recibir el ataque. No intenta atacar primero, sino que defiende para luego devolver los golpes. Sin odio, sin prisas, sino con la triste determinación de un diestro guerrero que no desea matar a un miembro de su familia.
Orvar, en cambio, descarga su hacha con toda la habilidad y la destreza que ha adquirido durante su entrenamiento militar y las batallas que ha luchado. Sin embargo, en sólo unos segundos queda demostrado que sus habilidades guerreras son muy inferiores a las de Ghoreus, quien ha luchado contra humanos, muertos vivientes, drows, monstruos del infraoscuro e incluso un dragón de sombras. Los ataques de Orvar sólo son rasguños en la armadura del veterano, y aunque consigue derramar un poco de sangre, es Ghoreus quien acaba por imponerse. Sin vanidad, sin rabia. Sin entusiasmo siquiera, como el lobo que reduce al cachorro de la manada. Finalmente, Orvar cae, inconsciente. Ghoreus se inclina sobre él y le aplica ungüentos curativos en las heridas, cerrándoselas. Luego le pide a Melwasúl que por favor lleve a su primo al puesto de avanzada enano.
-Es un guerrero valiente, que aún tiene muchas batallas por luchar.
-No te entiendo, Ghoreus -dice el montaraz-. Primero fuiste un héroe de tu pueblo, y ahora renuncias a luchar contra tus enemigos. ¿Cómo puedes creer en tanta mentira saliendo de la boca de un humano?
Ghoreus mira al suelo, cansado de discutir.
-Pronto lo entenderán, Melwasúl. Tú y todo tu pueblo. Y cuando lo lo hagan se darán cuenta de que esta guerra no tiene nada de glorioso. Para cuando se den cuenta de ello, se habrá convertido en una simple lucha por la sobrevivencia, que nadie, ni el más poderoso de los monarcas, podrá detener. Y mucho me temo que cuando llegue ese día, el bosque de Gallen, la Forja de Hefestos y todo Ithilgadden estarán condenados a su destrucción.
Melwasúl quiere replicar, pero se calla. Hay algo en las palabras de Ghoreus que calan hondo en su corazón, un vago presentimiento de desgracia, de destino funesto que pende sobre él. Kirón es menos condescendiente, sin embargo, y mira al enano con odio.
-La próxima vez que te vea, te mato. Lo juro.
Y luego le da la espalda con insolencia, llevando de la mano a Megilwen con su bebé. La elfa verde sólo lanza una fugaz mirada al guerrero enano: una mirada de decepción, de triste reproche.
La barca ha arribado a la ribera y espera a los viajeros para conducirlos al otro lado, al campo donde se lucharán las próximas batallas. Pero sólo unos pocos la abordan, mientras muchos se quedan en el lado oeste, silenciosos y pensativos.
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miércoles, 17 de octubre de 2007
Anädheleth, guardia de Horia
Mientras el grupo de héroes está prisionero en las mazmorras del castillo Horia, Anädheleth, obligada a trabajar para Lilandrith bajo el influjo de un conjuro, busca cómo ayudar a sus amigos y sacarlos del apuro.
27 de febrero del 1632
-Intentando salvar la vida de su amiga Miarlith, Anädheleth jura lealtad a Theodorus y Lilandrith, quien la ata a su juramento a través de un conjuro de sangre.
-Atrapada en su cuarto, la montaraz consigue entrar en contacto con Ricardo, el guardia que había hechizado con los pendientes de Venus. El hombre aún está bajo los efectos de la magia y le dice a la elfa que desea ayudarle en todo lo que sea posible.
-A través de Ricardo, Anädheleth averigua que Theodorus aún no ha regresado al castillo, que sus amigos están bien, pero encerrados y constantemente vigilados por Jared (un tipejo enorme, como de dos metros y medio, túnica y capuchón negro, que se cubre el rostro con una máscara de porcelana), el guardaespaldas de Lilandrith.
-Anädheleth aprovecha su tiempo libre para escribir resúmenes de los diarios de viaje de Tiresias el tuerto, que encuentra en su habitación.
-Pasan los días. Ricardo hace reportes diarios de lo que ocurre en el castillo, a Anädheleth no la vuelve a visitar Lilandrith, pero recibe puntualmente sus comidas y el agua caliente para el baño.
4 de marzo
-La nieve se está derritiendo. Los días se están volviendo más cálidos (aunque todavía son muy helados) y no ha vuelto a nevar en varios días. El invierno se muestra en franca retirada, lo que preocupa a Anädheleth, porque sabes que con la primavera se reanudarán las hostilidades.
-Ricardo consigue finalmente un turno de guardia en las mazmorras. Consigue pasarle pluma y papel a Numentarë y éste le manda un simple mensaje a Anädheleth: "debes buscar ayuda fuera del castillo o moriremos todos". Ricardo cuenta que Numentarë está muy nervioso en la celda: rechaza la comida, golpea las paredes con los puños desnudos, grita, tirita y tiene pesadillas. A veces incluso delira, llamando a su hija desesperadamente. Ricardo dice que no sabe si es fingido o no, porque se mostró muy lúcido al tomar el papel y escribir el mensaje.
-Ese día, finalmente, Lilandrith va a visitar a su hija. Con un tono más bien cordial, aunque firme, la hechicera le explica a su hija que deberá tomar a su cargo una de las divisiones de defensa del castillo, que le asignarán algunos hombres y que deberá velar por la seguridad de una de las torres, específicamente, aquella donde está la entrada de servicio que el grupo utilizó para entrar al castillo. Le devuelven parte de su equipo y le entregan una armadura con los símbolos de Horia, que deberá portar obligatoriamente. La hechicera además le entrega las llaves de su habitación y le permite pasearse por el castillo, excepto por las proximidades de la torre central, la forja y las mazmorras, que le están completamente vedadas. También tiene prohibición de abandonar el castillo hasta nueva orden, dañar a los guardias u obligarlos a cumplir órdenes que atenten contra los intereses de Theodorus.
-Lilandrith continúa hablando, diciendo lo feliz que está de que ahora Anädheleth trabaje para ella. Insiste en que la única forma de conseguir paz para Kraëtoria es que permitan a Theodorus desarrollar sus planes.
-Anädheleth va a la torre, se equipa y empieza a organizar a sus guardias, que son el grupo más indisciplinado del castillo.
-Anädheleth escribe un mensaje para Denazz que dice así:
Denazz, estamos atrapados en el castillo de Theodorus. Estoy siendo obligada a seguir las instrucciones de Lilandrith. Creo que no nos queda mucho tiempo. Dile a Delemdroth que se prepare para un ataque el 21 de marzo, y algo peor después. Adviértele que nada es como parece, y que no es en nombre de los humanos que Theodorus actúa. Por favor, Denazz, deben venir a rescatarnos. Son nuestra última salvación. Por favor, Denazz, ayúdame, eres lo único que tengo.
Con Cariño,
Anä
-Llamando el poder de Gaia, Anädheleth invoca un halcón peregrino al que ata el mensaje en su pata. Luego lo manda volar hacia la torre de Delemdroth, en la lejana meseta de Eledhant, donde se encuentra Denazz.
6 de marzo
-Entre sus nuevas obligaciones en marcha, Anädheleth debe lidiar con soldados insolentes a los que no les gusta recibir órdenes de una mujer. Anädheleth se irrita tanto por las burlas y faltas a la disciplina de uno de sus soldados, Aldo Ticio, que le corta una oreja al soldado. Luego se baten entre ellos: la montaraz consigue inmovilizarlo y dejarlo inconsciente. Después de esa breve demostración de sus habilidades, nadie intenta sublevarse de nuevo.
7 de marzo
-Ricardo llega con un mensaje de Numentarë, quien pregunta a Anädheleth si pidió ayuda al exterior.
-La montaraz averigua que Theodorus llegará al castillo el 12 de marzo. No ha podido llegar antes porque ha estado ocupado con una revuelta en Villa del Roble: dos vapores fueron hundidos y robaron armamento de las bodegas de la ciudad. Pese a los esfuerzos de la Inquisición y la Orden del Dragón Rojo, no han podido detener a ningún responsable, aunque han realizado varios arrestos e “interrogado” a mucha gente del Distrito Oriente. Se rumorea que hay elfos detrás de estos robos y que alguien de la ciudad, probablemente una cofradía de bribones, estaría ocultando sus acciones. Los ciudadanos están paranoicos y estarían cortando los cuellos de todo el que parezca un elfo disfrazado y de todo aquel que muestre simpatía por los elfos... es decir, todo no-humano, incluyendo halflings.
-Según averigua la montaraz (interrogando soldados, conversando con los capitanes que pasan de cuando en cuando por el castillo), los últimos años Theodorus y Lilandrith han estado reclutando aliados de distintas razas (enanos rechazados, semielfos e incluso algunos elfos altos) para formar un ejército de elite que estaría siendo entrenada en la provincia de Valacchia. Gran parte de los esfuerzos de los dos hechiceros han estado centrados en crear armamentos que decidan la suerte de la guerra. Sin embargo, hay algo que llama la atención: ni Lilandrith ni los soldados de Florencia parecen considerar a los aliados como una fuerza de temer. Todos están extremadamente seguros de su triunfo, que se avecina pronto: los primeros ataques masivos se iniciarían el 21 de marzo. Pero entonces, si Lilandrith y Theodorus consideran que están perfectamente equipados para hacer frente a los aliados elfos y enanos, ¿por qué continúan construyendo armamento? ¿Por qué preparan negociaciones de paz y al mismo tiempo tienen tantas armas bajo la manga?
-Numerosos ejércitos han levantado campamento en la ribera oriental del río Estigia. Llevan cañones, caballeros y armaduras sardianas, y están constantemente abastecidos por una línea de barcos cargados de provisiones que provienen desde los graneros de la cuenca Luciánica (los graneros del Estigia han sufrido demasiados saqueos para abastecer al ejército). Desafortunadamente, la niebla perpetua que rodea al castillo le impide a la elfa ver más allá de un centenar de metros de las murallas.
8 de marzo
-Luego de lidiar con sus obligaciones habituales y de discutir por enésima vez con sus subordinados, Anädheleth regresa a su cuarto, cansada. En la tarde, cuando el sol se está poniendo, el halcón peregrino se posa en el alféizar de la ventana. Un mensaje viene atado a su pata:
No te abandonaré.
Con amor,
Denazz
-Anädheleth está loca de alegría, pero muy nerviosa preguntándose cómo le ayudará el drow.
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27 de febrero del 1632
-Intentando salvar la vida de su amiga Miarlith, Anädheleth jura lealtad a Theodorus y Lilandrith, quien la ata a su juramento a través de un conjuro de sangre.
-Atrapada en su cuarto, la montaraz consigue entrar en contacto con Ricardo, el guardia que había hechizado con los pendientes de Venus. El hombre aún está bajo los efectos de la magia y le dice a la elfa que desea ayudarle en todo lo que sea posible.
-A través de Ricardo, Anädheleth averigua que Theodorus aún no ha regresado al castillo, que sus amigos están bien, pero encerrados y constantemente vigilados por Jared (un tipejo enorme, como de dos metros y medio, túnica y capuchón negro, que se cubre el rostro con una máscara de porcelana), el guardaespaldas de Lilandrith.
-Anädheleth aprovecha su tiempo libre para escribir resúmenes de los diarios de viaje de Tiresias el tuerto, que encuentra en su habitación.
-Pasan los días. Ricardo hace reportes diarios de lo que ocurre en el castillo, a Anädheleth no la vuelve a visitar Lilandrith, pero recibe puntualmente sus comidas y el agua caliente para el baño.
4 de marzo
-La nieve se está derritiendo. Los días se están volviendo más cálidos (aunque todavía son muy helados) y no ha vuelto a nevar en varios días. El invierno se muestra en franca retirada, lo que preocupa a Anädheleth, porque sabes que con la primavera se reanudarán las hostilidades.
-Ricardo consigue finalmente un turno de guardia en las mazmorras. Consigue pasarle pluma y papel a Numentarë y éste le manda un simple mensaje a Anädheleth: "debes buscar ayuda fuera del castillo o moriremos todos". Ricardo cuenta que Numentarë está muy nervioso en la celda: rechaza la comida, golpea las paredes con los puños desnudos, grita, tirita y tiene pesadillas. A veces incluso delira, llamando a su hija desesperadamente. Ricardo dice que no sabe si es fingido o no, porque se mostró muy lúcido al tomar el papel y escribir el mensaje.
-Ese día, finalmente, Lilandrith va a visitar a su hija. Con un tono más bien cordial, aunque firme, la hechicera le explica a su hija que deberá tomar a su cargo una de las divisiones de defensa del castillo, que le asignarán algunos hombres y que deberá velar por la seguridad de una de las torres, específicamente, aquella donde está la entrada de servicio que el grupo utilizó para entrar al castillo. Le devuelven parte de su equipo y le entregan una armadura con los símbolos de Horia, que deberá portar obligatoriamente. La hechicera además le entrega las llaves de su habitación y le permite pasearse por el castillo, excepto por las proximidades de la torre central, la forja y las mazmorras, que le están completamente vedadas. También tiene prohibición de abandonar el castillo hasta nueva orden, dañar a los guardias u obligarlos a cumplir órdenes que atenten contra los intereses de Theodorus.
-Lilandrith continúa hablando, diciendo lo feliz que está de que ahora Anädheleth trabaje para ella. Insiste en que la única forma de conseguir paz para Kraëtoria es que permitan a Theodorus desarrollar sus planes.
-Anädheleth va a la torre, se equipa y empieza a organizar a sus guardias, que son el grupo más indisciplinado del castillo.
-Anädheleth escribe un mensaje para Denazz que dice así:
Denazz, estamos atrapados en el castillo de Theodorus. Estoy siendo obligada a seguir las instrucciones de Lilandrith. Creo que no nos queda mucho tiempo. Dile a Delemdroth que se prepare para un ataque el 21 de marzo, y algo peor después. Adviértele que nada es como parece, y que no es en nombre de los humanos que Theodorus actúa. Por favor, Denazz, deben venir a rescatarnos. Son nuestra última salvación. Por favor, Denazz, ayúdame, eres lo único que tengo.
Con Cariño,
Anä
-Llamando el poder de Gaia, Anädheleth invoca un halcón peregrino al que ata el mensaje en su pata. Luego lo manda volar hacia la torre de Delemdroth, en la lejana meseta de Eledhant, donde se encuentra Denazz.
6 de marzo
-Entre sus nuevas obligaciones en marcha, Anädheleth debe lidiar con soldados insolentes a los que no les gusta recibir órdenes de una mujer. Anädheleth se irrita tanto por las burlas y faltas a la disciplina de uno de sus soldados, Aldo Ticio, que le corta una oreja al soldado. Luego se baten entre ellos: la montaraz consigue inmovilizarlo y dejarlo inconsciente. Después de esa breve demostración de sus habilidades, nadie intenta sublevarse de nuevo.
7 de marzo
-Ricardo llega con un mensaje de Numentarë, quien pregunta a Anädheleth si pidió ayuda al exterior.
-La montaraz averigua que Theodorus llegará al castillo el 12 de marzo. No ha podido llegar antes porque ha estado ocupado con una revuelta en Villa del Roble: dos vapores fueron hundidos y robaron armamento de las bodegas de la ciudad. Pese a los esfuerzos de la Inquisición y la Orden del Dragón Rojo, no han podido detener a ningún responsable, aunque han realizado varios arrestos e “interrogado” a mucha gente del Distrito Oriente. Se rumorea que hay elfos detrás de estos robos y que alguien de la ciudad, probablemente una cofradía de bribones, estaría ocultando sus acciones. Los ciudadanos están paranoicos y estarían cortando los cuellos de todo el que parezca un elfo disfrazado y de todo aquel que muestre simpatía por los elfos... es decir, todo no-humano, incluyendo halflings.
-Según averigua la montaraz (interrogando soldados, conversando con los capitanes que pasan de cuando en cuando por el castillo), los últimos años Theodorus y Lilandrith han estado reclutando aliados de distintas razas (enanos rechazados, semielfos e incluso algunos elfos altos) para formar un ejército de elite que estaría siendo entrenada en la provincia de Valacchia. Gran parte de los esfuerzos de los dos hechiceros han estado centrados en crear armamentos que decidan la suerte de la guerra. Sin embargo, hay algo que llama la atención: ni Lilandrith ni los soldados de Florencia parecen considerar a los aliados como una fuerza de temer. Todos están extremadamente seguros de su triunfo, que se avecina pronto: los primeros ataques masivos se iniciarían el 21 de marzo. Pero entonces, si Lilandrith y Theodorus consideran que están perfectamente equipados para hacer frente a los aliados elfos y enanos, ¿por qué continúan construyendo armamento? ¿Por qué preparan negociaciones de paz y al mismo tiempo tienen tantas armas bajo la manga?
-Numerosos ejércitos han levantado campamento en la ribera oriental del río Estigia. Llevan cañones, caballeros y armaduras sardianas, y están constantemente abastecidos por una línea de barcos cargados de provisiones que provienen desde los graneros de la cuenca Luciánica (los graneros del Estigia han sufrido demasiados saqueos para abastecer al ejército). Desafortunadamente, la niebla perpetua que rodea al castillo le impide a la elfa ver más allá de un centenar de metros de las murallas.
8 de marzo
-Luego de lidiar con sus obligaciones habituales y de discutir por enésima vez con sus subordinados, Anädheleth regresa a su cuarto, cansada. En la tarde, cuando el sol se está poniendo, el halcón peregrino se posa en el alféizar de la ventana. Un mensaje viene atado a su pata:
No te abandonaré.
Con amor,
Denazz
-Anädheleth está loca de alegría, pero muy nerviosa preguntándose cómo le ayudará el drow.
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jueves, 6 de septiembre de 2007
La leyenda del éxodo de los reyes
Antes de marcharse de Villa del Roble en busca del castillo Horia, los héroes reciben una carta del misterioso bardo Nolweron Anatolio, donde les plantea un último acertijo. ¿Qué secretos develarán esta vez?
Estos eventos ocurren el 22 de febrero, dos días antes de que el grupo abandone Villa del Roble en persecución de la carroza que transporta prisioneros al castillo Horia.
Una tarde, en que todavía se turnan para vigilar la comisaría, Tip llega al Lobo Perezoso con rostro preocupado. Se acerca al grupo y pide conversar con ellos aparte.
—¿Han estado conversando con gente extraña, verdad?
—¿A qué te refieres? —pregunta Ghoreus.
—Ese bardo rubio, se ha estado paseando por aquí y habló con ustedes. Ese tipo no es de fiar: es un semielfo vagabundo que viaja de Villa del Roble hasta Siracusa y de Mogariuth hasta Florencia sin que nadie le haga problemas. Dicen que ha visto muchas cosas y sabe otras tantas, pero también dicen que quienes lo escuchan se meten en problemas por culpa de sus estúpidos acertijos.
—¿Por qué tan preocupado, Tip? —pregunta Ylla— Después de todo, sabemos cuidarnos solos.
—Díselo a tus amigos, Mayur y Ejöann. Parece que se metieron en más de un lío después de que hablaron con él.
—¿Mayur? ¿Ejöann? —pregunta la montaraz— ¿Qué sabes de ellos? ¿Dónde están?
—¿Ahora? No lo sé. Hace una semana estaban en el puerto, husmeando los acorazados que llegaban. Se supo que hubo problemas en el sector, que alguien había robado las armerías del distrito Poniente. Y todo por culpa de ese bardo, que algo les dijo sobre una tercera fuerza en la guerra...
El halfling no sabe cómo responder a las preguntas del grupo: parece no saber nada más de lo que ya ha divulgado. Luego de un rato suspira y saca un pergamino de su bolsa.
—El bardo me ha entregado esto para ustedes. Me dijo que se los entregara sin abrirlo.
El pergamino está sellado con cera, con un sello que muestra tres serpientes enroscadas.
—No puedo decirles que no lo lean: sé que lo harán de todas formas. Sólo les pido que tengan cuidado y no se metan en problemas. Ya es más que suficiente que estén espiando la comisaría.
—¿Cómo sabes...? —pregunta Anädtheleth.
Tip se encoge de hombros. Se despide con la mano y se retira. Después de un momento de silencio, Ghoreus acaba abriendo el pergamino. La letra es clara y bella.
Queridos compatriotas del sendero:
Cuando reciban este pergamino ya habrán descifrado el acertijo que los llevó a los diarios de Tiresias el Tuerto. Piensen en ese antiguo bardo como su antecesor: sus escritos y su herencia se cruzan permanentemente en vuestro camino. Desafortunadamente, les ha tocado la difícil tarea de concluir lo que él dejó inconcluso. ¿Por qué a ustedes? Es una buena pregunta, pero para la cual no tengo respuesta. El destino tiene caminos que ninguno de nosotros puede comprender. Y sepan que, aunque perezcan, su tarea no se completará hasta que el último de sus compañeros de viaje cumpla su parte en este acertijo Sigan la pista de Tiresias: en su historia están las claves de su destino.
Como regalo de despedida, les dejo un último misterio: se trata de una vieja historia conocida como “El éxodo de los reyes”.
“Cuando la tierra dejó de temblar y el cielo se despejó, los habitantes de Kraëtoria salieron de las ruinas a contemplar el sol. El cataclismo había cambiado para siempre la faz del continente: nuevas montañas nacieron, nuevas tierras surgieron del mar y nuevos mares inundaron la tierra. Los pocos hechiceros que sobrevivieron fueron cazados y perseguidos por los kraëtorianos, que no querían volver a saber de reyes magos.
Horus Vlädir, hijo de una dinastía de reyes, se puso a la entrada de la cueva y gritó: ‘¡a mí los de Mitra!’, y todos los magos que lucharon por la libertad de los esclavos se reunieron en torno de él. Él les dijo: ‘así habla Mitra, el dios Sol: cíñase cada uno su espada sobre su muslo, pasad y repasad los refugios y mate cada uno a su hermano, a su amigo a su deudo’. Hicieron los hijos de Sardan lo que mandaba Vlädir y perecieron aquel día tres mil sardianos más. La sangre lavó la cuenca de Morkov, agria por el sufrimiento de los kraëtorianos, y fertilizó los campos, que desde ese día dieron los frutos más grandes y sabrosos del mundo.
Pero era mucho el mal que su pueblo había hecho, y ni siquiera Vlädir el Sabio pudo ser perdonado. Él y su estirpe se fueron para siempre de Morkov y se esparcieron por Kraëtoria, tratando de limpiar el dolor que habían sembrado. Los últimos magos de sangre real se dividieron: Horus Vlädir deseaba renunciar a la magia y aprender a vivir con los kraëtorianos; Leonidas Graco deseaba seguir con las tradiciones de su pueblo y construir una magiocracia pacífica. Los seguidores de Vlädir se instalaron en el valle de Arad y fundaron la ciudad de Bhorig. Los seguidores de Graco emigraron al sur, lejos de las tierras que habían castigado y fundaron Selania. Pero hubo una parte de los seguidores de Mitra que se quedó en el valle del Morkov e intentó reparar el daño que habían causado guiando a los kraëtorianos en la forja de un nuevo reino. Eran los de la estirpe de Rabenkrähe, que aprendieron a arar la tierra y ayudaron a los bárbaros a organizarse: les enseñaron política y les instruyeron en religión. Incluso algunos se atrevieron a enseñarles el arte arcano a los más dotados. Fue así como, después de tres siglos, se fundó la ciudad de Mogähariuth y nació el reino de Mortombría. Pero ningún Rabenkrähe aceptó jamás cargo alguno en el nuevo reino.
Pero ocurrió con el tiempo que la estirpe de Rabenkrähe se corrompió y, después de la devastadora invasión de los orcos catarios en la que murió el mismísimo rey de Mortombría, Jezabel Rabenkrähe, patriarca de la antigua estirpe, ocupó el trono. Su primera acción fue devastadora: queriendo imponer a oscuros dioses infernales, mandó derribar todos los templos dedicados a Odín, Thor, Freya y Mitra. Los sacerdotes y profetas de los verdaderos dioses fueron perseguidos y masacrados.
Ocurrió entonces que Acabor, un vasallo del tirano Rabenkrähe, tenía un criado llamado Abdías, que, en secreto, mantenía su adoración a Odín. Mientras el tirano Rabenkrähe masacraba a los sacerdotes de Asgard, Abdías escondió a cien sacerdotes, de cincuenta en cincuenta, por cincuenta días en antiguas cavernas, proveyéndoles de pan y agua.
Pero hubo un sacerdote que no aceptó esconderse: se trataba de Eliath, profeta de Odín, quien desafió a los sacerdotes de Baal, el dios infernal, a que probaran el poder de su dios. Eliath los llamó a un valle, donde se refugiaban los rebeldes al tirano Rabenkrähe, y desafió a los baalitas a encender fuego en una pira. “Sólo un dios de verdad puede otorgar milagros”, dijo Eliath. “Que Baal encienda la pira y todos los seguidores de los dioses de Asgard nos inclinaremos ante él”.
Los sacerdotes de Baal entonaron cánticos a su dios, clamando por el fuego, pero nada ocurrió. Luego danzaron, vociferaron, sacrificaron cabras y niños, pero nada ocurrió. Cuando el sol se estaba ocultando, Eliath se acercó a la pira e invocó al poderoso Odín: una llamarada de fuego cayó del cielo, encendiendo la pira de inmediato.
Luego de humillar a los baalitas, Eliath habló con voz tronante: “su dios es un embuste. Su rey es un embuste. Los Rabenkrähe y los baalitas serán expulsados de Mortombría”. Y entonces los rebeldes salieron de su escondite y cercaron a los falsos sacerdotes. Eliath prendió a los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal y los degolló en el torrente que surcaba el valle. Cuando el torrente de sangre arribó al mar y tiñó las costas de Mortombría, el tirano Rabenkrähe supo que sus días en el trono estaban contados...”
La leyenda es más larga: cuenta cómo los rebeldes y los sacerdotes de Asgard entablan una larga guerra con la estirpe de los Rabenkrähe hasta que finalmente los expulsan. Esta historia es sólo una de las tantas que se cantan en Valacchia y que cuentan del origen de su fe y su odio a los hechiceros.
Ahora, la pregunta que debo hacerles es ¿cómo se llama el torrente en el que Eliath degolló a los baalitas? Si descubren el nombre e investigan en la biblioteca, descubrirán una nueva pista y un regalo de despedida.
¡Qué los dioses iluminen vuestro camino!
Nolweron Anatolio
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Estos eventos ocurren el 22 de febrero, dos días antes de que el grupo abandone Villa del Roble en persecución de la carroza que transporta prisioneros al castillo Horia.
Una tarde, en que todavía se turnan para vigilar la comisaría, Tip llega al Lobo Perezoso con rostro preocupado. Se acerca al grupo y pide conversar con ellos aparte.
—¿Han estado conversando con gente extraña, verdad?
—¿A qué te refieres? —pregunta Ghoreus.
—Ese bardo rubio, se ha estado paseando por aquí y habló con ustedes. Ese tipo no es de fiar: es un semielfo vagabundo que viaja de Villa del Roble hasta Siracusa y de Mogariuth hasta Florencia sin que nadie le haga problemas. Dicen que ha visto muchas cosas y sabe otras tantas, pero también dicen que quienes lo escuchan se meten en problemas por culpa de sus estúpidos acertijos.
—¿Por qué tan preocupado, Tip? —pregunta Ylla— Después de todo, sabemos cuidarnos solos.
—Díselo a tus amigos, Mayur y Ejöann. Parece que se metieron en más de un lío después de que hablaron con él.
—¿Mayur? ¿Ejöann? —pregunta la montaraz— ¿Qué sabes de ellos? ¿Dónde están?
—¿Ahora? No lo sé. Hace una semana estaban en el puerto, husmeando los acorazados que llegaban. Se supo que hubo problemas en el sector, que alguien había robado las armerías del distrito Poniente. Y todo por culpa de ese bardo, que algo les dijo sobre una tercera fuerza en la guerra...
El halfling no sabe cómo responder a las preguntas del grupo: parece no saber nada más de lo que ya ha divulgado. Luego de un rato suspira y saca un pergamino de su bolsa.
—El bardo me ha entregado esto para ustedes. Me dijo que se los entregara sin abrirlo.
El pergamino está sellado con cera, con un sello que muestra tres serpientes enroscadas.
—No puedo decirles que no lo lean: sé que lo harán de todas formas. Sólo les pido que tengan cuidado y no se metan en problemas. Ya es más que suficiente que estén espiando la comisaría.
—¿Cómo sabes...? —pregunta Anädtheleth.
Tip se encoge de hombros. Se despide con la mano y se retira. Después de un momento de silencio, Ghoreus acaba abriendo el pergamino. La letra es clara y bella.
Queridos compatriotas del sendero:
Cuando reciban este pergamino ya habrán descifrado el acertijo que los llevó a los diarios de Tiresias el Tuerto. Piensen en ese antiguo bardo como su antecesor: sus escritos y su herencia se cruzan permanentemente en vuestro camino. Desafortunadamente, les ha tocado la difícil tarea de concluir lo que él dejó inconcluso. ¿Por qué a ustedes? Es una buena pregunta, pero para la cual no tengo respuesta. El destino tiene caminos que ninguno de nosotros puede comprender. Y sepan que, aunque perezcan, su tarea no se completará hasta que el último de sus compañeros de viaje cumpla su parte en este acertijo Sigan la pista de Tiresias: en su historia están las claves de su destino.
Como regalo de despedida, les dejo un último misterio: se trata de una vieja historia conocida como “El éxodo de los reyes”.
“Cuando la tierra dejó de temblar y el cielo se despejó, los habitantes de Kraëtoria salieron de las ruinas a contemplar el sol. El cataclismo había cambiado para siempre la faz del continente: nuevas montañas nacieron, nuevas tierras surgieron del mar y nuevos mares inundaron la tierra. Los pocos hechiceros que sobrevivieron fueron cazados y perseguidos por los kraëtorianos, que no querían volver a saber de reyes magos.
Horus Vlädir, hijo de una dinastía de reyes, se puso a la entrada de la cueva y gritó: ‘¡a mí los de Mitra!’, y todos los magos que lucharon por la libertad de los esclavos se reunieron en torno de él. Él les dijo: ‘así habla Mitra, el dios Sol: cíñase cada uno su espada sobre su muslo, pasad y repasad los refugios y mate cada uno a su hermano, a su amigo a su deudo’. Hicieron los hijos de Sardan lo que mandaba Vlädir y perecieron aquel día tres mil sardianos más. La sangre lavó la cuenca de Morkov, agria por el sufrimiento de los kraëtorianos, y fertilizó los campos, que desde ese día dieron los frutos más grandes y sabrosos del mundo.
Pero era mucho el mal que su pueblo había hecho, y ni siquiera Vlädir el Sabio pudo ser perdonado. Él y su estirpe se fueron para siempre de Morkov y se esparcieron por Kraëtoria, tratando de limpiar el dolor que habían sembrado. Los últimos magos de sangre real se dividieron: Horus Vlädir deseaba renunciar a la magia y aprender a vivir con los kraëtorianos; Leonidas Graco deseaba seguir con las tradiciones de su pueblo y construir una magiocracia pacífica. Los seguidores de Vlädir se instalaron en el valle de Arad y fundaron la ciudad de Bhorig. Los seguidores de Graco emigraron al sur, lejos de las tierras que habían castigado y fundaron Selania. Pero hubo una parte de los seguidores de Mitra que se quedó en el valle del Morkov e intentó reparar el daño que habían causado guiando a los kraëtorianos en la forja de un nuevo reino. Eran los de la estirpe de Rabenkrähe, que aprendieron a arar la tierra y ayudaron a los bárbaros a organizarse: les enseñaron política y les instruyeron en religión. Incluso algunos se atrevieron a enseñarles el arte arcano a los más dotados. Fue así como, después de tres siglos, se fundó la ciudad de Mogähariuth y nació el reino de Mortombría. Pero ningún Rabenkrähe aceptó jamás cargo alguno en el nuevo reino.
Pero ocurrió con el tiempo que la estirpe de Rabenkrähe se corrompió y, después de la devastadora invasión de los orcos catarios en la que murió el mismísimo rey de Mortombría, Jezabel Rabenkrähe, patriarca de la antigua estirpe, ocupó el trono. Su primera acción fue devastadora: queriendo imponer a oscuros dioses infernales, mandó derribar todos los templos dedicados a Odín, Thor, Freya y Mitra. Los sacerdotes y profetas de los verdaderos dioses fueron perseguidos y masacrados.
Ocurrió entonces que Acabor, un vasallo del tirano Rabenkrähe, tenía un criado llamado Abdías, que, en secreto, mantenía su adoración a Odín. Mientras el tirano Rabenkrähe masacraba a los sacerdotes de Asgard, Abdías escondió a cien sacerdotes, de cincuenta en cincuenta, por cincuenta días en antiguas cavernas, proveyéndoles de pan y agua.
Pero hubo un sacerdote que no aceptó esconderse: se trataba de Eliath, profeta de Odín, quien desafió a los sacerdotes de Baal, el dios infernal, a que probaran el poder de su dios. Eliath los llamó a un valle, donde se refugiaban los rebeldes al tirano Rabenkrähe, y desafió a los baalitas a encender fuego en una pira. “Sólo un dios de verdad puede otorgar milagros”, dijo Eliath. “Que Baal encienda la pira y todos los seguidores de los dioses de Asgard nos inclinaremos ante él”.
Los sacerdotes de Baal entonaron cánticos a su dios, clamando por el fuego, pero nada ocurrió. Luego danzaron, vociferaron, sacrificaron cabras y niños, pero nada ocurrió. Cuando el sol se estaba ocultando, Eliath se acercó a la pira e invocó al poderoso Odín: una llamarada de fuego cayó del cielo, encendiendo la pira de inmediato.
Luego de humillar a los baalitas, Eliath habló con voz tronante: “su dios es un embuste. Su rey es un embuste. Los Rabenkrähe y los baalitas serán expulsados de Mortombría”. Y entonces los rebeldes salieron de su escondite y cercaron a los falsos sacerdotes. Eliath prendió a los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal y los degolló en el torrente que surcaba el valle. Cuando el torrente de sangre arribó al mar y tiñó las costas de Mortombría, el tirano Rabenkrähe supo que sus días en el trono estaban contados...”
La leyenda es más larga: cuenta cómo los rebeldes y los sacerdotes de Asgard entablan una larga guerra con la estirpe de los Rabenkrähe hasta que finalmente los expulsan. Esta historia es sólo una de las tantas que se cantan en Valacchia y que cuentan del origen de su fe y su odio a los hechiceros.
Ahora, la pregunta que debo hacerles es ¿cómo se llama el torrente en el que Eliath degolló a los baalitas? Si descubren el nombre e investigan en la biblioteca, descubrirán una nueva pista y un regalo de despedida.
¡Qué los dioses iluminen vuestro camino!
Nolweron Anatolio
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martes, 4 de septiembre de 2007
Sesión del domingo 19 de agosto del 2007
26 de febrero del 1632
- Luego de la muerte de Nadine, Numentarë no espera un momento más. Sale corriendo en dirección al complejo central, seguido por el resto del grupo.
- Gracias a la información que obtienen de Ricardo, el soldado aún bajo el control de Anädheleth, el grupo se traslada por los jardines sin problemas. No hay movimiento, pero un mausoleo de mármol negro en los jardines les llama la atención. Empujados por la ansiedad de Numentarë, sin embargo, continúan al complejo central.
- El grupo investiga un hall de entrada exquisitamente decorado: gruesas alfombras, pilares de mármol y pasillos a la izquierda y la derecha. Hacia el fondo, donde debería estar la torre principal, se erige una grandiosa puerta de plata pura. Eleion se queda examinándola, mientras el resto sigue hasta la biblioteca: el lugar que puede llevarles hasta Trishna.
- Mientras Numentarë y Miarlith buscan el portal o mecanismo por una espaciosa biblioteca (construida en cuatro niveles abiertos), el resto se divide. Hathol y Ghoreus van hacia la Forja del Castillo, Eleion continúa frente a la puerta de plata y Anädtheleth junto con Ylla regresan al jardín para ver la tumba.
- La puerta de plata tiene sobrerrelieves que muestran ciudades flotantes, dragones, lammasus (leones alados) y un hechicero en un trono. Eleion no lo sabe, pero los motivos son muy parecidos a los que tenían las puertas de plata del salón oval en el Molodroth. El arco de mármol azul tiene grabados en runas de plata que el elfo identifica como runas de transmutación y abjuración, pero combinadas en formas que él jamás ha conocido. La base de la torre tiene una línea de cristal blanco que la rodea por completo. Eleion, incapaz de determinar qué cristal es manda llamar a Ghoreus. Éste lo ve y dice simplemente "sal". La sal es usada para mantener a raya a los espíritus y criaturas sobrenaturales. Por un momento, Eleion tiene la tentación de romper el círculo de sal, pero luego se arrepiente y parte a la biblioteca para ayudar a sus amigos.
- Mientras tanto, Anädtheleth e Ylla investigan el mausoleo. Es una pequeña pero majestuosa tumba de mármol negro con letras de oro, que las montaraces no pueden descifrar. Si lo que dijo Ricardo es cierto, esa debiera ser la tumba de Horia. En la entrada hay flores frescas. En un momento son sorprendidos por un grupo de guardias, que, luego de felicitar a Ricardo por estar con dos mujeres, le recuerdan que debe continuar con sus deberes.
- Ghoreus y Hathol investigan más allá de la biblioteca: aprovechando que los forjadores (una mujer muy baja y un enano) salen al jardín para bajar el almuerzo, entran a la forja. Una puerta a cada costado y unas escaleras que descienden a un subterráneo iluminado por el fuego. Tras una puerta, piezas de armaduras sardianas. En la otra, armas y armaduras de excelente calidad. Ghoreus las reconoce como piezas de un artesano de primer orden. Su vista es atraída por una magnífica hacha de guerra enana. La toma en sus manos y reconoce las runas y los símbolos que porta: pertenecen al clan Wordul, un clan enano que fue exiliado de Oghdammer por mantener tratos con Florencia. Ghoreus toma el hacha de guerra y se la lleva como prueba a su pueblo de que el clan Wordul está forjando armas para Florencia. Luego continúan explorando y llegan hasta una gran sala octogonal con yunques, herramientas de armero y varias piezas de acero. Hacia el fondo se ve una gran forja alimentada por un brasero de oro blanco y rubíes. Allí ruge un gran fuego, tan ardiente que a Ghoreus le parece estar de regreso en la Forja de Hefestos. Sin embargo, esto no es lava: es un fuego que por momentos parece mirarlos con ojos oscuros y estirar un brazo de llamas... ¿Se tratará de un elemental del fuego atrapado?
- Numentarë y Miarlith investigan la biblioteca y finalmente descubren un portal tallado en uno de los muros de la biblioteca. El portal no da a ninguna parte, pero está cubierto de runas que Numentarë identifica de transmutación. Es decir, se trata de un portal de teleportación inactivo, que seguramente requiere una llave para funcionar.
- El grupo se reúne nuevamente en la biblioteca y discuten los pasos posibles, cuando oyen voces fuera: reconocen la voz de Lilandrith, que discute con unos guardias y camina hacia la biblioteca. El grupo se esconde tras las columnas, los cortinajes y los tapices, esperando no ser descubiertos. Anädtheleth envía a Ricardo a la cocina, para que se aleje de los problemas.
- Lilandrith entra a la biblioteca junto a un guardia, diciéndole que debe llevarle un mensaje urgente a Theodorus. Luego, la hechicera toma papel y pluma de un escritorio y escribe. En eso está cuando Numentarë, ciego de ira, tensa cuatro flechas en su arco y se prepara a dispararlas... El resto del grupo, para no dejar solo al arquero arcano, se prepara para el combate. Las flechas de Numentarë, Ylla y Anädheleth vuelan hacia la bruja, pero sólo las de Ylla dan en el blanco: el resto se desvía, como empujadas por un fuerte viento.
- Los aventureros atacan, pero todas los proyectiles fallan: Lilandrith está protegida por un escudo mágico. Hathol carga contra ella parado sobre un escritorio. Ghoreus también carga. Pero luego del primer impacto de Hathol, un escudo de llamas azules se levanta en torno a Lilandrith, protegiéndola. Acto seguido, la bruja levanta un muro de llamas ardientes que la rodea y la protege contra los héroes.
- La batalla es cruenta, y aunque Lilandrith se ve superada por el número de aventureros, se encuentra a punto de hacerlos caer con el calor de las llamas y sucesivas bolas de fuego que calcinan a los héroes. En un momento, Anädheleth se quita el anillo de forma humana para revelar a su madre su verdadera forma. La bruja insta entonces a la montaraz a detener el combate, si no quiere ver a todos sus amigos muertos. La bruja le explica que Theodorus busca la paz con los elfos, pero todas las acciones del pueblo de los bosques sólo tienden a encender la ira de los humanos. La montaraz le pide pruebas de que eso es en realidad lo que buscan. Entonces la bruja le revela algo que la deja helada: la emboscada en el bosque que frustró los planes de tregua entre la alianza y el imperio fue planeada por los elfos dorados, no por el imperio.
- En eso, se oyen pasos fuera de la biblioteca: son los refuerzos. Anädheleth corre a las puertas y las tranca con un candelabro. Entonces siente cómo la puerta es forzada, primero con lo que parece ser un ariete, luego con un destello de llamas que funde el candelabro. Las puertas se abren, y lo primero que la montaraz ve es la figura con máscara de porcelana, con sus dedos envueltos en llamas mágicas. Rodéandolo, al menos veinte soldados florentinos con sus arcabuces cargados, listos para disparar. Sabiéndose perdidos, los héroes se rinden.
- Luego de despojarlo de todas sus pertenencias, el grupo es hecho prisionero en los calabozos del castillo. Anädheleth es encerrada en una habitación del complejo central. Después de unas horas, gran parte de las heridas que los héroes recibió en su combate contra Lilandrith desaparece: Eleion comprende entonces que los conjuros utilizados por Lilandrith eran ilusiorios y que nunca pretendió matarlos de verdad.
- Utilizando sus poderes, Lilandrith sondea la mente de los héroes, uno por uno, y descubre que Miarlith se apellida Bori y comprende que es descendiente de la dinastía Vlädir, que alguna vez gobernó Sardan.
- Al día siguiente, temprano por la mañana, Miarlith, una semielfa druidesa, es atada sobre un montón de maderos y paja en el patio del castillo. Lilandrith, en forma humana, manda llamar a su hija, quien viene escoltada por tres guardias. Anädheleth ve entonces a su amiga, lista para ser quemada por dos inquisidores florentinos, acusada de ser una aberración. Lilandrith le dice a su hija que puede salvar a su amiga si le jura lealtad a Theodorus, pero Anädheleth se reúsa. Entonces la bruja le dice al inquisidor mayor, Justino Marconti, que encienda la hoguera, y así lo hace.
- Mientras las llamas devoran lentamente el cuerpo de Miarlith, quien intenta resistir el dolor, Lilandrith le habla a su hija, tratando de convencerla de unirse a su causa. "Theodorus no quiere la guerra con los elfos, sino la paz. La guerra no es satisfactoria para nosotros, la paz sí, pero tu raza es tan testaruda que preferiría sacrificar hasta su última alma antes que convertirse en súbditos del imperio. Les ofrecemos una alianza y sólo responden con odio y violencia. No quería llegar a esto, Anädheleth, pero si no te unes a nosotros por las buenas, quemaré a cada uno de tus amigos en la hoguera hasta que le jures lealtad al único hombre que puede acabar con esta locura".
- Aunque Miarlith le grita a su amiga que no ceda, Anädheleth no soporta ver sufrir a la druidesa y finalmente jura lealtad a Theodorus. Cuando hace esto, Lilandrith le hace un corte en la mano con una daga de plata y pronuncia unas palabras arcanas: a partir de ese momento, la montaraz queda atada a las palabras de su juramento. Sonriendo, la bruja apaga las llamas de la hoguera con un simple gesto. Sin embargo, Marconti, furioso por esta herejía, dice que el sacrificio ya ha sido ofrecido a Zeus y no se puede echar marcha atrás. La bruja discute un momento con el sacerdote, explicándole que la druidesa quedará bajo su custodia ya que posee información valiosa, pero Marconti se niega a dialogar. Invocando el poder de Zeus, un poderos rayo sale de sus manos y golpea a la semielfa, matándola. Anädheleth, destrozada, cae de rodillas, llorando la muerte de su amiga. Así acaban los días de la valiente Miarlith, heredera de Sardan, exploradora del Molodroth y protectora del bosque de Gallen.
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- Luego de la muerte de Nadine, Numentarë no espera un momento más. Sale corriendo en dirección al complejo central, seguido por el resto del grupo.
- Gracias a la información que obtienen de Ricardo, el soldado aún bajo el control de Anädheleth, el grupo se traslada por los jardines sin problemas. No hay movimiento, pero un mausoleo de mármol negro en los jardines les llama la atención. Empujados por la ansiedad de Numentarë, sin embargo, continúan al complejo central.
- El grupo investiga un hall de entrada exquisitamente decorado: gruesas alfombras, pilares de mármol y pasillos a la izquierda y la derecha. Hacia el fondo, donde debería estar la torre principal, se erige una grandiosa puerta de plata pura. Eleion se queda examinándola, mientras el resto sigue hasta la biblioteca: el lugar que puede llevarles hasta Trishna.
- Mientras Numentarë y Miarlith buscan el portal o mecanismo por una espaciosa biblioteca (construida en cuatro niveles abiertos), el resto se divide. Hathol y Ghoreus van hacia la Forja del Castillo, Eleion continúa frente a la puerta de plata y Anädtheleth junto con Ylla regresan al jardín para ver la tumba.
- La puerta de plata tiene sobrerrelieves que muestran ciudades flotantes, dragones, lammasus (leones alados) y un hechicero en un trono. Eleion no lo sabe, pero los motivos son muy parecidos a los que tenían las puertas de plata del salón oval en el Molodroth. El arco de mármol azul tiene grabados en runas de plata que el elfo identifica como runas de transmutación y abjuración, pero combinadas en formas que él jamás ha conocido. La base de la torre tiene una línea de cristal blanco que la rodea por completo. Eleion, incapaz de determinar qué cristal es manda llamar a Ghoreus. Éste lo ve y dice simplemente "sal". La sal es usada para mantener a raya a los espíritus y criaturas sobrenaturales. Por un momento, Eleion tiene la tentación de romper el círculo de sal, pero luego se arrepiente y parte a la biblioteca para ayudar a sus amigos.
- Mientras tanto, Anädtheleth e Ylla investigan el mausoleo. Es una pequeña pero majestuosa tumba de mármol negro con letras de oro, que las montaraces no pueden descifrar. Si lo que dijo Ricardo es cierto, esa debiera ser la tumba de Horia. En la entrada hay flores frescas. En un momento son sorprendidos por un grupo de guardias, que, luego de felicitar a Ricardo por estar con dos mujeres, le recuerdan que debe continuar con sus deberes.
- Ghoreus y Hathol investigan más allá de la biblioteca: aprovechando que los forjadores (una mujer muy baja y un enano) salen al jardín para bajar el almuerzo, entran a la forja. Una puerta a cada costado y unas escaleras que descienden a un subterráneo iluminado por el fuego. Tras una puerta, piezas de armaduras sardianas. En la otra, armas y armaduras de excelente calidad. Ghoreus las reconoce como piezas de un artesano de primer orden. Su vista es atraída por una magnífica hacha de guerra enana. La toma en sus manos y reconoce las runas y los símbolos que porta: pertenecen al clan Wordul, un clan enano que fue exiliado de Oghdammer por mantener tratos con Florencia. Ghoreus toma el hacha de guerra y se la lleva como prueba a su pueblo de que el clan Wordul está forjando armas para Florencia. Luego continúan explorando y llegan hasta una gran sala octogonal con yunques, herramientas de armero y varias piezas de acero. Hacia el fondo se ve una gran forja alimentada por un brasero de oro blanco y rubíes. Allí ruge un gran fuego, tan ardiente que a Ghoreus le parece estar de regreso en la Forja de Hefestos. Sin embargo, esto no es lava: es un fuego que por momentos parece mirarlos con ojos oscuros y estirar un brazo de llamas... ¿Se tratará de un elemental del fuego atrapado?
- Numentarë y Miarlith investigan la biblioteca y finalmente descubren un portal tallado en uno de los muros de la biblioteca. El portal no da a ninguna parte, pero está cubierto de runas que Numentarë identifica de transmutación. Es decir, se trata de un portal de teleportación inactivo, que seguramente requiere una llave para funcionar.
- El grupo se reúne nuevamente en la biblioteca y discuten los pasos posibles, cuando oyen voces fuera: reconocen la voz de Lilandrith, que discute con unos guardias y camina hacia la biblioteca. El grupo se esconde tras las columnas, los cortinajes y los tapices, esperando no ser descubiertos. Anädtheleth envía a Ricardo a la cocina, para que se aleje de los problemas.
- Lilandrith entra a la biblioteca junto a un guardia, diciéndole que debe llevarle un mensaje urgente a Theodorus. Luego, la hechicera toma papel y pluma de un escritorio y escribe. En eso está cuando Numentarë, ciego de ira, tensa cuatro flechas en su arco y se prepara a dispararlas... El resto del grupo, para no dejar solo al arquero arcano, se prepara para el combate. Las flechas de Numentarë, Ylla y Anädheleth vuelan hacia la bruja, pero sólo las de Ylla dan en el blanco: el resto se desvía, como empujadas por un fuerte viento.
- Los aventureros atacan, pero todas los proyectiles fallan: Lilandrith está protegida por un escudo mágico. Hathol carga contra ella parado sobre un escritorio. Ghoreus también carga. Pero luego del primer impacto de Hathol, un escudo de llamas azules se levanta en torno a Lilandrith, protegiéndola. Acto seguido, la bruja levanta un muro de llamas ardientes que la rodea y la protege contra los héroes.
- La batalla es cruenta, y aunque Lilandrith se ve superada por el número de aventureros, se encuentra a punto de hacerlos caer con el calor de las llamas y sucesivas bolas de fuego que calcinan a los héroes. En un momento, Anädheleth se quita el anillo de forma humana para revelar a su madre su verdadera forma. La bruja insta entonces a la montaraz a detener el combate, si no quiere ver a todos sus amigos muertos. La bruja le explica que Theodorus busca la paz con los elfos, pero todas las acciones del pueblo de los bosques sólo tienden a encender la ira de los humanos. La montaraz le pide pruebas de que eso es en realidad lo que buscan. Entonces la bruja le revela algo que la deja helada: la emboscada en el bosque que frustró los planes de tregua entre la alianza y el imperio fue planeada por los elfos dorados, no por el imperio.
- En eso, se oyen pasos fuera de la biblioteca: son los refuerzos. Anädheleth corre a las puertas y las tranca con un candelabro. Entonces siente cómo la puerta es forzada, primero con lo que parece ser un ariete, luego con un destello de llamas que funde el candelabro. Las puertas se abren, y lo primero que la montaraz ve es la figura con máscara de porcelana, con sus dedos envueltos en llamas mágicas. Rodéandolo, al menos veinte soldados florentinos con sus arcabuces cargados, listos para disparar. Sabiéndose perdidos, los héroes se rinden.
- Luego de despojarlo de todas sus pertenencias, el grupo es hecho prisionero en los calabozos del castillo. Anädheleth es encerrada en una habitación del complejo central. Después de unas horas, gran parte de las heridas que los héroes recibió en su combate contra Lilandrith desaparece: Eleion comprende entonces que los conjuros utilizados por Lilandrith eran ilusiorios y que nunca pretendió matarlos de verdad.
- Utilizando sus poderes, Lilandrith sondea la mente de los héroes, uno por uno, y descubre que Miarlith se apellida Bori y comprende que es descendiente de la dinastía Vlädir, que alguna vez gobernó Sardan.
- Al día siguiente, temprano por la mañana, Miarlith, una semielfa druidesa, es atada sobre un montón de maderos y paja en el patio del castillo. Lilandrith, en forma humana, manda llamar a su hija, quien viene escoltada por tres guardias. Anädheleth ve entonces a su amiga, lista para ser quemada por dos inquisidores florentinos, acusada de ser una aberración. Lilandrith le dice a su hija que puede salvar a su amiga si le jura lealtad a Theodorus, pero Anädheleth se reúsa. Entonces la bruja le dice al inquisidor mayor, Justino Marconti, que encienda la hoguera, y así lo hace.
- Mientras las llamas devoran lentamente el cuerpo de Miarlith, quien intenta resistir el dolor, Lilandrith le habla a su hija, tratando de convencerla de unirse a su causa. "Theodorus no quiere la guerra con los elfos, sino la paz. La guerra no es satisfactoria para nosotros, la paz sí, pero tu raza es tan testaruda que preferiría sacrificar hasta su última alma antes que convertirse en súbditos del imperio. Les ofrecemos una alianza y sólo responden con odio y violencia. No quería llegar a esto, Anädheleth, pero si no te unes a nosotros por las buenas, quemaré a cada uno de tus amigos en la hoguera hasta que le jures lealtad al único hombre que puede acabar con esta locura".
- Aunque Miarlith le grita a su amiga que no ceda, Anädheleth no soporta ver sufrir a la druidesa y finalmente jura lealtad a Theodorus. Cuando hace esto, Lilandrith le hace un corte en la mano con una daga de plata y pronuncia unas palabras arcanas: a partir de ese momento, la montaraz queda atada a las palabras de su juramento. Sonriendo, la bruja apaga las llamas de la hoguera con un simple gesto. Sin embargo, Marconti, furioso por esta herejía, dice que el sacrificio ya ha sido ofrecido a Zeus y no se puede echar marcha atrás. La bruja discute un momento con el sacerdote, explicándole que la druidesa quedará bajo su custodia ya que posee información valiosa, pero Marconti se niega a dialogar. Invocando el poder de Zeus, un poderos rayo sale de sus manos y golpea a la semielfa, matándola. Anädheleth, destrozada, cae de rodillas, llorando la muerte de su amiga. Así acaban los días de la valiente Miarlith, heredera de Sardan, exploradora del Molodroth y protectora del bosque de Gallen.
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